En la línea de fuego 603
84%

603

Dos chicos colocaron horizontalmente sus brazos para que pasáramos inclinados hacia atrás por debajo sin tocar el suelo con las manos, desafiando nuestra flexibilidad. Y, dado que Beth carecía de esa habilidad, no pude parar de reír. Sobre todo porque, aunque al principio la altura de los brazos fuese relativamente fácil de superar, en cada intento Beth se caía de culo.

—Es increíble lo tuyo —comenté, aún riendo.

—Oh, cállate —masculló, poniéndose en pie y sacudiendo la suciedad de su trasero.

Los brazos bajaron un poco más, aumentando la dificultad.

—Aprende de la experta —dije con una sonrisa desafiante.

Todos los ojos de los presentes que estaban formando un círculo a nuestro alrededor se posaron en mí, expectantes.

Pues había una distancia del suelo que muchos considerarían casi imposible de superar sin la agilidad de un contorsionis-ta.

Me acerqué con decisión hacia el centro, impulsada por los ánimos y las palmas que comenzaban a sonar a medida que avanzaba. Con cada paso, notaba cómo mis movimientos se volvían un poco más torpes, pero me aferré a la determinación de cumplir con el pequeño desafío.

En el momento justo, incliné mi cuerpo hacia atrás con gracia y fluidez, notando cómo todo giraba a mi alrededor.

Sin embargo, a pesar de los efectos del alcohol, logré pasar por debajo de los brazos extendidos sin tocarlos ni perder el equilibrio. Al incorporarme al otro lado, el lugar estalló en aplausos y vítores. Los rostros sonrientes y las voces de ánimo me llenaron de euforia.

Beth corrió hacia mí y se unió a los aplausos, dando saltitos de felicidad.