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Pero no pude evitar preguntarme cómo logró recuperarse después del incendio. Parecía tan feliz. . y yo, en cambio, todavía seguía teniendo pesadillas de ese día.
—Cuando el hospital. . —Tragué saliva, luchando por encontrar las palabras correctas sin evocar demasiado dolor—, después de lo que sucedió, ¿te dieron el alta, entonces?
No sabía por qué motivo estuvo ingresado en el psiquiátrico, nunca me lo llegó a decir. Pero sabía que, en circunstancias normales, tras un incidente de esa magnitud, no dejaban a los pacientes volver a su vida normal sin más. Lo habitual era que los trasladaran a otro centro.
Al plantear mi pregunta, noté cómo la sonrisa de Nils se desvanecía lentamente, dando paso a una expresión mucho más seria de lo que lo caracterizaba. Era como si acabara de sumergirlo en recuerdos que, presumiblemente, desearía poder olvidar. Me arrepentí enseguida de haber hecho tal pregunta.
Hubo un breve silencio antes de que me respondiera.
—Bueno, la verdad es que mi situación fue un poco diferente. Estaba en mis últimas semanas de tratamiento allí, y entonces sucedió el incendio. Dadas las circunstancias, y después de varias evaluaciones, decidieron hacer una excepción conmigo. Me dieron el alta, pero con la condición de continuar con un tratamiento ambulatorio. Aunque ya lo he terminado, así que soy libre.
Miré de reojo a Beth, la cual lo escuchaba atentamente.
Me pareció extraño que no preguntara por mi caso, teniendo en cuenta que aún consideraba que yo había sido paciente de verdad de aquel hospital. Era lógico que ella tuviera las mismas dudas sobre mí que yo tenía respecto a Nils.
—Solo Amelia y la niña fueron trasladadas a otro centro junto a algunos pacientes —añadió Nils, capturando nueva-601
mente mi atención hacia él.
El simple hecho de pensar en ellas provocó un nudo de incomodidad en mi estómago. No podía evitar preguntarme adónde las habrían llevado, si sería un lugar más seguro que el hospital Henninger, o incluso habían podido caer bajo la custodia de Madeline Gerlach. La sola idea agitaba una tormenta de preocupaciones y preguntas sin respuesta.
—¿Sabes algo de ellas? —Mi voz salió teñida de urgencia y preocupación.
Negó con la cabeza.
—Tengo entendido que están juntas en un centro que se especializa en ofrecer cuidados tanto a adultos como a niños, con programas y espacios diferenciados en base a la edad. Pero, desde que se fueron, no he vuelto a saber nada más de ellas.
La posibilidad de que les hubiera ocurrido algo empezó a carcomerme por dentro a una velocidad vertiginosa. Mis pensamientos comenzaron a jugar en mi contra, tejiendo escenarios sombríos donde las dos enfrentaban situaciones similares a las de los pacientes que había visto en esas habitaciones blancas.
Beth me colocó una mano en mi espalda.
—Estarán bien, no te preocupes. —Me miró fijamente, tratando de infundirme su confianza.
Era como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
Pero no podía saberlo, pues nunca le llegué a contar lo que realmente ocurría en ese psiquiátrico, lo que les hacían a todas esas personas.
Y, aunque había estado muy cerca de descubrir la verdad al haber visto con sus propios ojos ese laboratorio, le habían borrado ese fragmento de la memoria.
—Bueno —Beth carraspeó la garganta—, ¿vamos a beber-602
nos esos chupitos o qué?
No había nada en el mundo que ansiara más en ese momento que emborracharme, así que cada uno agarró un vasi-to de cristal e hicimos un pequeño brindis antes de echar la cabeza hacia atrás e ingerirlo de golpe.
En seguida noté el ardor del alcohol descender por mi garganta, como si fuera un río de fuego que quemaba todo a su paso, pero de una manera extrañamente reconfortante.
Apenas había bebido el primer chupito, cuando agarré el segundo. . y el tercero.
—No tan rápido, fiera —dijo Nils, con una sonrisa de lado.
Beth y yo dejamos nuestro pequeño vaso y nos despedi-mos de Nils para aventurarnos en el vibrante mar de gente que llenaba la pista de baile.
Era imposible que estuvieses ahí y no te entraran ganas de pasarlo bien. La gente, la música, los sonidos de risas contagiosas. .
Con la euforia del momento y el calor del alcohol recorriendo por nuestras venas, dejamos que nuestros movimientos fluyeran con total libertad. Nuestros brazos se ele-vaban, nuestras caderas giraban al compás de la música, y nuestros pies seguían cada ritmo de las canciones.
De vez en cuándo iba agarrando mi melena con ambas manos para dejar que el aire pasara por la nuca, pues el sudor ya perlaba mi piel. Pero no era un impedimento para seguir bailando y disfrutando de cada tema que sonaba, que parecía ser mejor que el anterior. O tal vez era cosa del alcohol.
Sea cual fuera la razón, lo estaba pasando increíblemente bien.
Incluso nos unimos a un grupo de personas desconocidas para formar una improvisada competencia de limbo.