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—Una buena noche siempre empieza con una ronda de chupitos.
—No estoy muy segura de eso —contesté.
Beth se inclinó a la barra para pedirle al camarero una ronda de chupitos del mejor whisky que tuvieran. Mientras esperábamos a que lo preparara, Beth aprovechó para preguntarme:
—Dime, ¿te has inventado lo de la ley estadounidense y todo ese rollo, o es verdad?
—Es verdad.
—¿Y cómo sabes tú todo eso?
—Siempre se me ha dado bien el derecho —contesté, y técnicamente eso no era mentira.
Abrí los ojos como platos cuando el camarero colocó uno, dos, tres, cuatro, cinco. . ¡Seis vasos!
—¿Seis? —exclamé, volviéndome hacia Beth—. ¿En serio necesitamos tantos?
—¡Eh, que yo solo he pedido una ronda! —se defendió—.
¿Cómo iba a saber que iban a ser tantos vasos?
—Normalmente son cuatro o cinco por ronda —intervino el camarero con una sonrisa amable—. Pero he añadido uno más porque mi compañero quiere invitaros y tomarse un chupito con vosotras.
—¿Quién. .?
Me corté a mí misma cuando, al desviar la mirada hacia el otro lado de la barra para saber quién era su compañero, me di cuenta de que había otro camarero, con el hombro recostado hacia la pared y los brazos cruzados. Tanto Beth como yo tardamos varios segundos en reconocerlo.
—¡No puede ser! —Beth emitió una carcajada, incrédula.
—¿Nils? —murmuré, estupefacta.