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—Déjalas pasar antes de que nos metamos en líos.
Retiró la cinta e hizo un gesto para que Beth y yo nos ade-lantáramos.
Con una sonrisa triunfante, Beth se dio la vuelta y enroscó su brazo en el mío para encaminarnos hacia el interior, dejando atrás al guardia gruñón murmurando para sí mismo sobre las complicaciones de su trabajo.
—¿Asmática? ¿En serio? —cuestioné cuando nos alejamos de ellos.
—Tenía que improvisar, ¿vale? —respondió, encogiéndose de hombros—. No pensaba desperdiciar la mitad de la noche estando en una cola más larga que la lista de deseos de un niño en Navidad.
Negué con la cabeza, divertida.
—¿Y tienes un plan B por si te piden el inhalador?
Beth simplemente sonrió con confianza.
—Siempre tengo un plan B. Pero por ahora, celebremos nuestro pequeño triunfo.
Mi corazón aporreó mis costillas al mismo ritmo de la música que ya se escuchaba desde el pasillo que daba entrada al local. Nada más adentrarnos en el jolgorio de la discoteca, fui abrumada por una oleada de energía contagiosa. La pista de baile, iluminada por luces de colores, estaba llena de gente, todos moviéndose al compás de la música, como si no tuviesen ninguna otra preocupación que no fuese contar los cubatas que se beberían esa noche.
Una sonrisa se apoderó de mi rostro mientras absorbía el ambiente festivo que me rodeaba. Supe en ese instante que esta noche sería la primera en mucho tiempo en la que realmente disfrutaría. Esta noche no habría lugar para pesadillas, oscuridad o lágrimas. Solo diversión.
Beth me agarró de la mano y me llevó hasta la barra.