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Era como si tratara de entender lo que yacía más allá de las palabras, pues en los ojos siempre encuentras la verdad.
—Lo siento mucho —murmuró, y sonaba realmente sincera—. No es que fuera de mi agrado, pero sé lo mucho que significaba para ti ese encapuchado.
Ensanché una triste sonrisa al recordar el apodo con el que había bautizado a Adler, y lo mucho que le irritaba a él cada vez que lo escuchaba.
—Creo que necesito una copa —comenté cuando empecé a notar mis ojos escocer, levantándome del sofá. Tomé la co-pa vacía que había dejado encima de la mesa y la llené de vi-no.
Beth me miró con atención.
—¿Cuánto has estado bebiendo desde que saliste del psiquiátrico?
Deslicé el pulgar por la fría copa y me la llevé a los labios, dando un largo trago para poder hablar.
—Desde que salí de allí, no ha sido fácil. No logro conciliar el sueño. —Bajé la barbilla e hice girar el vino en la copa, inmersa en el color carmesí—. Cierro los ojos y todo lo que puedo ver es. . sangre. La de Adler, la mía, la que podría haber sido.
No dijo nada al respecto, invitándome a que me abriera con ella.
—He intentado encontrar la calma, de verdad que lo he intentado. Pero el silencio de la noche se llena con los ecos de aquellos días. Me persiguen como malditas sombras. —Hi-ce una pausa, tomando aire como si las palabras mismas fueran pesadas de cargar. —Cada sonido me sobresalta, y he comenzado a evitar los espejos porque no reconozco la persona que veo reflejada.
Beth frunció el ceño, claramente preocupada por mí.