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—Lo peor es la soledad. No tengo a nadie. Mis dos únicos amigos no encuentran la manera de apoyarme porque creen que estoy en el bando equivocado.
—¿En el bando equivocado? —repitió, confundida—. No lo entiend. .
—Nolan Jenkins —la corté, y se quedó muy callada—. Creen que estoy de su lado.
Sus ojos brillaron con interés.
—¿Y por qué piensan eso?
Con un suspiro, me acerqué hacia un mueble en concreto del comedor. Abrí uno de los cajones y extraje la carta que aún conservaba. Ella caviló antes de recibirla, y comenzó a leerla. A medida que lo hacía, las líneas de su frente se iban marcando más.
—Encontraron esta carta en el vehículo con el que escapó Nolan.
Vi como sus hombros se tensaban, y no era para menos.
Un asesino —y no uno cualquiera, sino el que un país entero temía— se había molestado en escribirme una carta. O eso querían hacerme creer todos.
—No creo que haya sido él —murmuré—. ¿Tú que piensas?
—No sé, no parece muy típico de alguien como Nolan escribir una carta.
Me la devolvió y me senté junto a ella.
—Ni siquiera puedo contarle todo a mi padre, porque. . ya no está. Murió hace seis meses, y lo recuerdo como si fuese ayer. Y beber. . supongo que ha sido mi manera de lidiar con todo esto, aunque sea por un momento.
—Pero, dijiste que tus padres murieron en un accidente.
Tosí una risa seca.