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Una sonrisa se dibujó en mi rostro, casi sin darme cuenta.
Su presencia y su sentido del humor me habían hecho mucha falta.
Al regresar de la cocina con el vaso en la mano, vi que se había quedado parada frente al televisor, que aún estaba encendido. La pantalla mostraba, como era de esperar, el psiquiátrico en llamas. Mi sonrisa desapareció. Por mucho que cambiara de canal, ahí seguía.
Ambas nos quedamos observándolo en silencio.
—En realidad, solo quería asegurarme de que estuvieras bien —se sinceró—. Cuando me enteré de lo ocurrido, pensé que tú. .
Por primera vez, su voz vaciló. Le tendí el vaso y lo aceptó con una sonrisa agradecida. Luego, le pedí que nos sentára-mos en el sofá, pues era un tema delicado para ambas. Especialmente para mí.
—Yo estoy bien, —comencé a decir, acomodándome—: y los demás también. Nils, Lex. . Maya, Renata. . Todos pudieron salir.
Estuve a punto de referirme a Maya como Lexi, y allí es cuando me di cuenta que seguía creyendo que mi nombre e-ra Clarke. Tal vez era el momento de contarle la verdad, aunque, sinceramente, mi ánimo no estaba en su mejor momento para enfrentar esa conversación.
—¿Y Lily? —preguntó, al ver que no la había mencionado.
—Ella. . —Hice una pausa, tragando saliva con fuerza—.
Resulta no ser quién decía. Cuando descubrí que sucedían cosas extrañas en el hospital, intenté huir con Renata. Fue entonces cuando Lily se nos cruzó con una pistola a mano, bloqueando nuestra salida.
Los ojos de Beth se ampliaron con incredulidad.
—Espera, ¿qué? ¿Lily? ¿La misma Lily que yo conozco?