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—Aquí lo tiene —dijo finalmente, entregándomelo—. Pero luego no diga que no intenté mantener una conversación amistosa.
Lo agarré con rapidez, cerrando la puerta con un golpe detrás de él. Me recosté contra ella, preguntándome por qué siempre tenía que ser tan insufrible. Desde que lo conocí, su actitud chismosa y su necesidad de meterse en la vida de los demás me habían irritado hasta límites insospechados. Cada interacción con él era como lidiar con un mosquito persistente que no dejaba de zumbarme al oído.
Un día, mientras intentaba disfrutar de un tranquilo almuerzo en un café local, apareció de la nada y se sentó en la mesa frente a mí sin invitación alguna. Antes de que pudiera protestar, comenzó a hablar sobre los rumores que circula-ban en el vecindario, incluyendo algunos sobre mí que eran completamente falsos. Traté de ignorarlo y concentrarme en mi comida, pero él seguía insistiendo en contarme detalles irrelevantes sobre la vida de personas que ni siquiera conocía.
Era agotador.
Recuerdo también una ocasión en la que organizó una fiesta en su casa y, en lugar de simplemente disfrutar del evento, se dedicó a seguir a todos los invitados con una libreta y un bolígrafo, anotando cada detalle de sus conversaciones y comportamientos. No pude evitar sentirme vigilada y aco-sada durante toda la noche.
Sin duda cada encuentro con Steve era una prueba de paciencia y tolerancia. A veces me preguntaba si era solo una persona extremadamente curiosa o si realmente disfrutaba causando incomodidad a los demás. Lo único que sabía con certeza era que cada vez que se cruzaba en mi camino, ter-minaba sintiéndome más frustrada y deseando que desapareciera de una vez por todas.
Eché un vistazo a la fecha del periódico y me di cuenta de 583
que ni siquiera era de hoy. Era evidente que había utilizado el periódico como excusa para acercarse e indagar sobre dónde había estado todos esos meses, considerando además que se encontraba fuera de su horario de reparto habitual.
Dejé el periódico sobre la mesa y me senté de nuevo en el sofá con un suspiro de frustración. No tenía tiempo ni energía para lidiar con personas como Steve en ese momento.
Pero apenas me acomodé en la silla cuando el timbre volvió a sonar.
Por todos los dioses.
—¡Déjame en paz, Steve! —grité.
Pero no dejó de picar, por supuesto que no. Es más, lo hi-zo con más ímpetu.
Me levanté de la silla, agarrando el periódico con furia mientras el timbre seguía sonando sin cesar. Me dirigí hacia la puerta dando grandes zancadas y, con un grito de frustración, lancé el periódico con todas mis fuerzas hacia la persona que estaba detrás de la puerta, esperando encontrarme con Steve y dejarle claro que ya había tenido suficiente por hoy. No sería la primera vez que le lanzaba el periódico a la cara.
Sin embargo, no fue Steve quien esquivó el proyectil, sino Beth.
—Buen lanzamiento.
Abrí los ojos de par en par ante su repentina presencia.
—Mierda, Beth, lo siento.
A unos metros de nosotras, Steve se reía.
—Qué lástima, señorita Miller, pero no me ha dado. ¡A la próxima ser. .! ¡Au!
Beth se había agachado para recoger el periódico del suelo y lanzárselo ella misma a la cara. Le dio con tanta fuerza 584
que hasta pensé que se le quedarían las letras pegadas a la cara.
Steve, aturdido por el golpe, se frotó la cara.
—¡A ver si innovamos un poco, que estamos en el siglo veintiuno! —exclamó Beth mientras veíamos cómo se montaba en su bici para alejarse—. ¡El periódico de papel ya no se lleva!
—¡Esto le va a costar una denuncia! —sollozó Steve sin mirar atrás, pedaleando deprisa.
—¡Buena suerte explicando eso! —gritó Beth—. ¡A ver si el juez también piensa que un periódico es un arma letal!
No pude contenerme y solté una carcajada. Hacía mucho tiempo que no me reía.
—Gracias.
Beth se volvió hacia mí.
—No hay de qué. Lidiar con capullos es mi pasión.
La invité a pasar a mi casa. Una vez dentro, le ofrecí algo de beber.
—Un vaso de agua está bien, gracias.
Mientras me dirigía hacia la cocina a buscar el agua, Beth aprovechó para echar un vistazo a su alrededor. Su mirada se desplazó con interés en cada esquina de mi hogar. No es que fuese muy grande, pero era acogedor.
—¿Qué haces por aquí? —pregunté, cogiendo un vaso de cristal y la jarra de agua templada.
—Oh, solo estaba pasando por la zona y pensé en saludar-te —contestó desde la sala de estar.
—¿Y cómo has sabido dónde vivo?
—Eso no es exactamente un secreto, considerando que no es como si habitáramos en una metrópoli del tamaño de Manchester City.