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—Es bueno saberlo.
—¿Con quién ha ido? ¿Con su pareja? ¿Su amante? ¿Su es-poso?
—¿Puedo tener mi periódico, por favor?
—Sería toda una revelación descubrir que finalmente ha encontrado a alguien capaz de tolerar su pésimo genio, en especial el de las mañanas.
—Dame el maldito periódico —mascullé, perdiendo la paciencia.
—Y ahí está el mal genio.
Solté un largo suspiro.
—¿Sabes? El periódico es todo tuyo, ya no lo quiero.
Intenté cerrar la puerta para poner fin a la conversación, pero un obstáculo lo impidió; la punta de su zapato se había colado, bloqueando el cierre.
—Oh, vamos, señorita Miller, no se ponga así —replicó Steve con una risa nerviosa, manteniendo el zapato en la puerta—. Solo quería ponerme al día, ya sabe, mantenerme informado sobre los eventos del vecindario.
—No necesitas saber dónde y con quién he estado, Steve.
Solo dame el periódico y lárgate —respondí con brusquedad, extendiendo la mano entre el pequeño espacio que había dejado para tomar el periódico.
—Exacto, no necesito saberlo. Porque me acabo enterando de todo.
—Enhorabuena.
—De todo.
—Creo que lo he pillado. —Rodé los ojos.
Solo se escuchó el distante júbilo de los niños del vecindario cuando nos quedamos en silencio.