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Y eso no me ponía las cosas más fáciles.
Cerraba los ojos, y veía el hospital en llamas.
Abría los ojos, y lo veía de nuevo en las noticias.
A esto se sumaba que no tenía a nadie con quien poder hablar. Lexi y Landon, los que consideraba mis dos únicos amigos, no me ofrecían su apoyo. Landon no volvió a visitar-me después de presentarse en mi casa con esa carta, pues según él, yo estaba del lado equivocado. Tal vez creía que si pasaba el tiempo me daría cuenta y rectificaría mis errores. Y
Lexi estaba de acuerdo con él, así que básicamente estaba sola.
En ese instante un presentador de televisión estaba mostrando imágenes del edificio envuelto en llamas, con equipos de bomberos luchando para contener el fuego y rescatar a cualquier persona atrapada dentro. Aunque ya hubiesen pasado tres meses, seguían recordando lo acontecido.
Me estremecí al recordar mi tiempo en ese lugar, las personas que conocí y las experiencias que viví entre esas paredes. Ahora, todo eso quedaba reducido a cenizas.
Un dolor agudo me atravesó el corazón cuando escuché a uno de los presentadores recordar la cantidad de muertos y heridos que había ocasionado el incendio. Sentí el peso de la responsabilidad por haber escapado de esa pesadilla mientras otros no lo lograron.
Pensé en todas esas personas que vi encerradas en ese sótano y no pudieron escapar, en todos esos pacientes que se habrían quedado atrapados en sus propias habitaciones.
Quizás incluso se vieron obligados a saltar del edificio, creyendo que quedarse dentro les depararía una muerte más lenta y dolorosa.
Me froté los ojos con una de mis manos, dejando escapar un suspiro en mis labios. Con la otra mano sostenía una copa 580
de vino medio vacía, así que me terminé el contenido de un solo trago. La dejé de nuevo encima de la mesa, pensando en que ese vino no era tan fuerte como pensaba. Necesitaba por lo menos dos copas más para deshacer el nudo en mi estómago.
Estaba tan inmersa en mis pensamientos, que di un respingo al oír el timbre de mi casa.
Me levanté del sofá y, al abrir la puerta, me encontré con Steve, el chico de mediana edad que se encargaba de repartir el periódico por el barrio. No había cambiado nada en todos estos meses. La ropa que llevaba siempre estaba tan desali-ñada y descuidada que daba la impresión de llevar semanas sin ver una lavadora. Sus ojos saltones parecían juzgarte con la mirada, y lo estaban haciendo en ese instante.
—¿Por qué siempre tienes que picar el timbre? —espeté.
—Yo también me alegro de verla, señorita Miller. —Alzó una ceja, irritándome—. Ha estado mucho tiempo fuera. ¿Va-caciones por las Maldivas?
—No exactamente.
—Ya la había dado por muerta, pero hoy, por alguna razón, he pensando en llamar al timbre y me he llevado una grata sorpresa —comentó con un tono irónico.
—Me alegro que haya sido grata —respondí con el mismo tono—. ¿Ahora entregas periódicos también a las ocho de la tarde?
—Oh, no, en absoluto. Este ejemplar lo he reservado especialmente para usted —afirmó, extendiéndome un periódico doblado con una sonrisa que rozaba la burla.
Justo cuando me disponía a cogerlo, lo alejó de mí.
—No es que la haya echado de menos —prosiguió—. De hecho, el barrio estaba muy tranquilo sin usted.