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Asentí.
—Tuviste que verlo. Liberaste a Lexi en esos sótanos.
—Lexi estaba en una habitación, Jules. No sé de qué demonios me estás hablando.
¿Qué…?
—Esperaba que a mí sí me contaras la verdad, ya que no tuviste la consideración de hacerlo con Lexi —respondió con brusquedad, abriendo la puerta—. Pero veo que tenía razón, ya has elegido bando.
Y entonces desapareció, dando un portazo.
3 meses después. .
Aparté la mirada del televisor para echarle un vistazo a la ventana. En la acera de mi calle se veían algunos niños montando en bicicleta y correteando por su jardín, un par de familias aprovechando las últimas horas de luz del día, y vecinos paseando a sus perros. A lo lejos, se escuchaba el sonido ocasional de un coche que pasaba por la calle principal, pero por lo demás, el vecindario estaba tranquilo y apacible. Co-mo siempre.
Con un gesto de resignación, regresé los ojos a la pantalla.
Desde que ocurrió el incidente, no se hablaba de otra cosa que no fuese el Hospital Henninger. El incendio había acapa-rado todos los medios. En internet solo aparecían noticias con diferentes titulares: "Tragedia en el Hospital Henninger",
"Incendio devasta las instalaciones de un hospital psiquiátrico, dejando miles de heridos", "Un psiquiátrico es consumido por las llamas, el fuego arrasa con todo a su paso". Por no decir que se había convertido en el eje central de cualquier conversación entre los ciudadanos del pueblo.