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Aunque la pregunta ideal hubiese sido si hay alguna diferencia entre una prisión y el Hospital Henninger, pues dudaba que todos los psiquiátricos fueran como ese.
—Le proporcionan tres comidas al día, Jules, un techo sobre su cabeza sin las amenazas y peligros constantes que en-frentaría en una cárcel y acceso a terapia y actividades re-creativas, algo irónico considerando los horrores que ha in-fligido. Es como si, de alguna manera, el sistema le haya o-torgado una segunda oportunidad, un privilegio que nunca ofreció a sus víctimas. Ir a ese psiquiátrico ha sido una bendición para él.
¿Una bendición? Era un maldito infierno.
—Estás tan equivocado, Landon. . —Sacudí la cabeza en desacuerdo.
—Entonces explícame, porque hasta ahora lo único que veo es a un criminal preocupándose por lo que pueda estar pensando la investigadora que quiere meterlo en una celda
—respondió él, su voz llena de amargura—. Porque aún quieres llevarlo a prisión, ¿verdad?
Tragué saliva para hidratar mi garganta. No me podía creer lo que estaba a punto de decir.
—Nolan debe estar en un psiquiátrico.
Su risa, aunque leve, estaba impregnada de un cinismo mordaz.
—Déjame explicarme, Landon.
Tenía que contárselo todo, debía saberlo. Desde esa vez que me encontré con Nolan en una de las habitaciones del psiquiátrico, hasta que terminé descubriendo que nos conocíamos cuando apenas éramos unos críos porque a ambos nos sometieron a experimentos crueles e inhumanos cuyos responsables aún desconocía. Tenía derecho a conocer la realidad detrás de las paredes de ese psiquiátrico, el lugar 577
que muchos consideraban un refugio o una solución, pero que en su esencia escondía prácticas abominables contra aquellos denominados pacientes.
Al no decir nada al respecto, pensé que me estaba dando la oportunidad.
—No todo es lo que parece —continué—. Lo que ocurre en ese lugar, lo que les hacen a personas como Nolan, va más allá de cualquier tratamiento psiquiátrico. En sus sótanos tenían las habitaciones donde les encerraban como si fueran animales, incluso llegué a ver un laboratorio oculto.
—¿Tienes pruebas de lo que estás diciendo? —preguntó, inclinando la cabeza de manera retadora.
Entreabrí los labios para contestar, pero me corté a mí misma cuando me di cuenta de que no las tenía.
Jamás podría desentrañar la verdad, porque el incendio había arruinado todas las pruebas que podrían ser útiles para mi investigación; el laboratorio, el sótano con todas esas habitaciones blancas, los archivos que encontré en uno de los ordenadores, en los que se veía claramente que el archivo de Nolan estaba falsificado. . Ya no quedaba nada. El único lugar donde pensaba encontrar pruebas importantes, ahora estaba reducido a cenizas.
Maldita sea.
Vi decepción en los ojos de mi amigo, la misma que vi en los de Lexi en el baño de esa gasolinera. Soltó aire por la nariz con las líneas de su expresión marcadas antes antes de girarse hacia la puerta.
Un momento.
—No tengo pruebas, pero tú las viste con tus propios ojos.
Esa afirmación hizo que se detuviera en seco y me mirara.
—¿Yo? —repitió, confuso.