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Nolan reinició el motor, que afortunadamente aún funcionaba.
—¿Quién demonios puede querer hacernos esto? —preguntó Nils, con los nervios aún crispados por la experiencia—. Es decir, no es que tenga muchos amigos, pero no he sido tan mala persona como para ganarme este tipo de enemigos.
Nolan, con la mandíbula tensa, observaba el furgón acci-dentado detrás de ellos mientras maniobraba para salir del área boscosa.
—Puede que los haya enviado Madeline Gerlach —dijo él.
—¿La directora del psiquiátrico? —Nils frunció el ceño.
—Es una posibilidad —admitió—. Sabemos que quiere a Jules muerta.
—¿Por qué la querría muerta?
—Porque sé demasiado —contesté, intuyendo lo que estaba pasando—. He descubierto cosas sobre el psiquiátrico, cosas que la directora preferiría mantener ocultas. Y ahora que he escapado, Madeline podría verme como una amenaza pa-ra su reputación.
—Ya no es solo por su reputación. —Nolan tensó la mandíbula—. Cree que eres una amenaza para todos.
—¿Cómo podría ser ella una amenaza para todos? —Nils soltó un bufido, como si fuese absurdo.
Nadie dijo nada más al respecto.
Apoyé la cabeza contra el asiento, cediendo al agotamien-to y estrés que había estado acumulando mi cuerpo. Mis párpados pesaban como plomo y mi respiración se volvía más pausada a medida que me dejaba llevar por el sueño, un sueño intranquilo y angustioso.