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—¡Por supuesto que sí! Ese sería un trío perfecto. Aunque lo mejor siempre es mezclar todos los sabores. Ya sabes, diferentes tipos de chocolate; blanco, negro, con leche. .
—Oh, por todos los dioses —murmuré, negando con la cabeza.
Nolan, manteniendo su atención en la carretera, apenas podía disimular una sonrisa.
—Yo elegiría algo más clásico, como jamón, champiñones y aceitunas. Simple, pero nunca falla —comentó Amelia, entrando en el juego.
La niña escuchaba fascinada, como si cada combinación revelara un mundo de posibilidades culinarias que nunca había considerado.
—Yo iría a por algo picante, como pepperoni, jalapeños, y un poco de cebolla. Creo que una buena pizza necesita ese elemento de sorpresa, algo que despierte los sentidos, sino es muy aburrida —expresó Nils, aportando su perspectiva a la charla—. ¿Y tú, Nolan, qué tres ingredientes elegirías?
—La mía no la compartiría con nadie —respondió él, y sus ojos se posaron en mí segundos antes de regresar la mirada al frente.
Ay, dios.
Sentí cómo el calor invadía mis mejillas, tiñéndolas de un rojo intenso, y rápidamente desvié la mirada hacia el paisaje que se deslizaba más allá de la ventana, esperando que mi repentino rubor pasara desapercibido para el resto.
—Pues qué aburrido —murmuró Nils—. Compartir es vivir.
—¡Sí, podrías dejarle al menos un bocadito! —exclamó la niña, dándole la razón.
Amelia soltó una carcajada.
—Espera, ¿dónde está la rubia? —preguntó Nils, dándose 559
cuenta ahora.
—Tuvo otros planes —contesté.
—Oh, vaya. Bueno, pues ella se pierde esta interesante conversación de sabores de pizzas. ¿Qué sabores elegirías tú, Jules? Yo te recomiendo el chocolate negro, es el más deli-cioso.
La mirada que le lanzó Nolan desde el espejo retrovisor me preocupó hasta tal punto que empecé a temer por la vida de mi amigo.
Justo cuando me disponía a contestar, mi atención se desvió hacia el exterior.
Un furgón muy parecido al nuestro seguía nuestro recorrido a una distancia prudente. Por un instante, el pulso se me aceleró, recordando la paranoia que había sentido cuando fui al pueblo con Landon.
—Desvíate del camino.
Nolan volteó hacia mí con el rostro descompuesto.
—¿Qué?
—Hazlo.
A pesar de todo me obedeció sin rechistar y, cuando llegamos a una intersección, en lugar de seguir la carretera principal, se aventuró por un camino secundario de tierra.
Giré todo mi cuerpo para comprobar que los dejábamos atrás, pero al ver que hacía exactamente lo mismo que nosotros, todas las alertas se dispararon en mi cabeza.
—¿Qué ocurre? —preguntó, notando mi nerviosismo.
—Creo que nos están siguiendo.
Nolan, con el ceño ligeramente fruncido, miró primero por el espejo central y luego por el lateral.
—¿Qué quieres decir?
—Esa furgoneta lleva detrás nuestro todo el rato, y no nos 560
hemos dado cuenta.
Amelia, Nils y Renata se asomaron en sus asientos para observar el furgón. Sus rostros se tensaron de inmediato.
Nolan maldijo por lo bajo y pisó el acelerador para dejarlos atrás, pero entonces el furgón aumentó también la velocidad. El camino de tierra vibró bajo las ruedas del vehículo, lanzando polvo y piedras pequeñas hacia atrás.
—¿Tienes alguna idea de quiénes podrían ser? —pregunté, intentando mantener la calma a pesar de la creciente ansiedad.
Nolan lanzó otra mirada rápida al espejo retrovisor.
—No, pero no voy a esperar a averiguarlo.
Detrás de nosotros, el furgón persistía, adaptándose a ca-da maniobra que Nolan intentaba. Era evidente que no era una coincidencia ni un simple caso de estar en el camino equivocado al mismo tiempo.
Estábamos en medio de una persecución.
—¿Qué podemos hacer? —inquirió Amelia.
Nolan evaluó rápidamente nuestras opciones. La carretera de tierra ofrecía pocas vías de escape, limitadas por campos a ambos lados y la falta de desvíos cercanos.
—Voy a intentar algo —anunció, antes de tomar una curva cerrada que apareció de repente en el camino.
La maniobra nos llevó a un área más densamente arbola-da, donde las sombras y el terreno irregular ofrecían una oportunidad de perder a nuestros perseguidores, o al menos complicar su tarea.
A medida que nos adentrábamos en el bosque, la tensión dentro del furgón aumentaba. Todos estábamos alerta. No parábamos de echar ojeadas a nuestras espaldas, observando el camino detrás de nosotros y esperando que en cualquier 561
momento el furgón que nos seguía perdiera nuestro rastro.
Finalmente, tras varios minutos que parecieron horas, el vehículo desapareció de nuestra vista. Nolan no disminuyó la velocidad de inmediato, asegurándose de que nos habíamos deshecho por completo de ellos, antes de reducir la marcha y permitirnos a todos respirar aliviados.
—Creo que los hemos perdido —anunció Nils.
Pero, entonces, un sonido estremecedor cortó el aire: el rugido de un motor a toda velocidad, seguido por el impacto sordo y devastador de metal contra metal. El furgón detrás de nosotros había encontrado una manera de acortar distancia a través del bosque, lanzándose contra nosotros con una fuerza brusca que hizo que nuestro vehículo se zarandeara violentamente.
Nolan luchó con el volante, intentando mantener el control mientras nuestro furgón derrapaba sobre la tierra suelta y las hojas caídas. Los gritos de sorpresa y miedo llenaron el espacio cerrado.
El impacto nos llevó a un frenético esfuerzo por no volcar.
Ni siquiera sé cómo Nolan logró estabilizar el vehículo.
Nos detuvimos bruscamente, todos jadeando, tratando de procesar lo que acababa de suceder.
—¿Estáis todos bien? —preguntó Nolan.
Con manos temblorosas y corazones acelerados, asentimos. Me giré hacia la niña, que a pesar de no entender nada, estaba ilesa. Todos estábamos ilesos. La rápida respuesta de Nolan había evitado un desastre mayor, pero el miedo y la adrenalina aún corrían por nuestras venas.
Mirando hacia atrás, vimos que el furgón que nos había embestido estaba detenido, con el frente abollado por la colisión y una cortina de humo envolviéndolo. No había señales de movimiento dentro de él.