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Abrí los ojos lentamente, enfrentándome a mi reflejo en el espejo del baño. Pero lo que vi no fue a la misma Jules de antes, pues la Jules de antes habría seguido a su amiga sin dudarlo, habría encontrado un teléfono para buscar ayuda y habría hecho lo correcto.
Miré de nuevo hacia la ventana, donde Lexi ya no estaba.
Puede que la herida de pierna fuese un motivo que pesaba bastante ante la decisión que tomé, pero no era suficiente para justificarme. Lexi tenía razón, habíamos enfrentado cosas peores y, aún así, había decidido quedarme.
Desvié la mirada hacia mis manos, todavía manchadas de sangre. De la sangre de Adler. Entonces un recuerdo fugaz de él me llenó.
Recordé cómo nos conocimos, cómo solía voltear los ojos cuando algo le parecía ridículo, esa sonrisa que apenas cur-vaba sus labios y aparecía en muy pocas ocasiones, pero que iluminaba su rostro, y una punzada de dolor atravesó mi corazón al recordar que ya no estaba con nosotros.
Adler había sido valiente hasta el final. No dudó en ingresar en ese psiquiátrico para descubrir la verdad sobre su hermana. Y murió allí, en ese mismo lugar, protegiéndome.
Me había salvado la vida. Si no fuera por él, yo no estaría aquí ahora mismo. Y eso era injusto.
Abrí el grifo del lavabo y dejé que el agua corriera sobre mis manos, intentando limpiar la sangre que las manchaba.
Froté mis uñas contra la piel con tanta fuerza que comencé a hacerme daño. Sin embargo, por más que frotaba, no podía deshacerme de la sangre reseca que se aferraba a mis dedos.
El agua empezó a teñirse de un tono rojizo, llevándose consigo parte de la sangre de Adler. Pero por más que intentaba borrar las manchas de mis manos, no podía apartar de mi mente el recuerdo del disparo que recibió. La imagen se repetía una y otra vez en mi mente, hasta podía jurar que 553
aún escuchaba el sonido del disparo.
Me apoyé en el lavabo, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con escapar de mis ojos. Me sentía impotente, abrumada por la culpa y el dolor, preguntándome cómo podría seguir adelante sabiendo que alguien había perdido su vida por salvar la mía.
—¿Estás bien?
Me giré de golpe, sobresaltada.
Nolan estaba apoyado al umbral de la puerta con los brazos cruzados, mirándome fijamente desde esa estatura imponente. Sus rasgos angulares, delineados por una mandíbula marcada y unos ojos profundos y enigmáticos, mostraban una ligera contracción al fijarse en mis ojos humedecidos.
—No deberías estar aquí —respondí, tajante. Cerré el grifo y me sequé las manos con papel—. Es el baño de las chicas.
—Solo quería asegurarme de que no habías escapado.
Por un momento, me lo quedé observando en completo silencio. ¿Él sabía. .?
—Me alegro que hayas decidido quedarte —prosiguió—.
Has tomado la decisión correcta, créeme.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo sabes que. .?
—¿De verdad te piensas que me he tragado todo ese rollo de que estás con la regla? —Tensé la mandíbula al sentirme expuesta—. Sabía que lo usaríais como excusa para intentar escapar, pero por suerte has usado la cabeza. Así que, sí. Lo sabía. Porque básicamente te estaba poniendo a prueba.
Sentí un hormigueo de frustración y furia al comprender que siempre estaba un paso por delante de mí, teniendo el control de la situación en todo momento, incluso cuando creía tenerlo yo.