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—Jules, esto no es lo mism. .
—Al final la encontramos en una finca abandonada en las afueras del pueblo —continué, sintiendo cómo el recuerdo del caso me envolvía—. Estaba tan desnutrida que se le marcaban los huesos por todas partes, y apenas podía mantenerse en pie. Pero, a pesar de todo, estaba viva. Fue un milagro encontrarla, pero lo logramos porque no nos dimos por vencidos. Si nos hubiéramos rendido antes de tiempo, nunca habríamos logrado encontrarla. Al menos, no viva.
Lexi bajó la mirada, sin saber muy bien qué decir. Sus labios se apretaron en una fina línea, como si estuviera luchando por contener alguna respuesta o comentario que preferiría no expresar en voz alta.
Finalmente suspiró, pareciendo comprender mi perspectiva, aunque no necesariamente compartirla por completo.
—Primero la llevaremos con Landon. Si es verdad que es su hermana, lo reconocerá.
Dejé salir el aire que estaba conteniendo, aliviada.
—Gracias.
Sabía que detenernos a encontrar a Landon nos retrasaría, pero era necesario. Porque desde que la encontré en los sótanos del hospital, sentía que era mi responsabilidad proteger a esa niña. Y una vez que la policía se hiciese cargo de ella, yo ya no tendría el control de la situación.
Lexi se desplazó al asiento delantero y comenzó a buscar las llaves, revisando los bolsillos delanteros y la consola central. Su expresión se volvió cada vez más tensa a medida que no encontraba lo que buscaba.
—¿Dónde demonios están estas llaves? —murmuró, frunciendo el ceño.
Dimos un respingo cuando la puerta del conductor se abrió de golpe. Nolan apareció al lado de Lexi. Se inclinó para 540
estar a su altura, balanceando las llaves con una sonrisa victoriosa en el rostro.
—¿Buscabas esto, rubia? —preguntó, mostrando las llaves frente a ella.
Cerré los ojos por un momento, frustrada.
Habíamos sido unas completas inútiles las dos, Lexi por proponer este plan sin considerar la opción de que él se hubiera llevado las llaves, y yo por creer que nos dejaría las dos solas en un vehículo sin ninguna preocupación.
Lexi lo miró con una mezcla de sorpresa y desilusión, pe-ro rápidamente recuperó su compostura.
—Sí. —Lexi carraspeó la garganta—. Es que Jules tiene que ir al baño, es una urgencia.
Los ojos de Nolan volaron hacia los míos.
—¿No puedes esperar?
Lexi se giró hacia mí y me lanzó una mirada significativa, como si tuviera que seguirle la corriente o me decapitaría con sus propias manos.
—No —mentí—. Es que. . yo. .
Cuando Lexi se percató de que estaba tardando demasiado en hablar, intervino apresuradamente:
—Le ha bajado la regla. Ya sabes, esa cosa que tenemos las mujeres que aparece sin invitación y causa estragos emocionales.
—Sé lo que es.
Traté de mantener una expresión de preocupación en mi rostro, asintiendo vigorosamente para reforzar la mentira que acababa de salir de los labios de Lexi.
Después de unos segundos agonizantes en los que nadie parecía estar dispuesto a añadir nada más al respecto, Nolan rodeó el capó y abrió mi puerta. Todavía llevaba las llaves a 541
mano, lo que sugería que no confiaba del todo en nosotras.
—¿Qué haces? —inquirí, repentinamente nerviosa por su proximidad.
Dejó la bolsa de plástico en el suelo y se agachó frente a mí. Sabiendo al fin lo que pretendía hacer, dije torpemente:
—Puedo hacerlo yo.
Nolan levantó la mirada hacia mí, sus ojos oscuros cente-lleando con incredulidad.
—¿De veras? ¿Alguna vez has curado una herida abierta?
—No, pero estoy segura de que tú tampoco.
—Pues no lo estés tanto —respondió, y una de sus cejas se levantó—. Me he abierto varias heridas practicando un deporte, más de las que me gustaría admitir.
Sacó de la bolsa unas tijeras, pinzas, gasas estériles y una pequeña botella de desinfectante. Observé con atención ca-da uno de los utensilios.
Sin decir una palabra, Nolan se inclinó hacia mí y, con cuidado, comenzó a cortar la tela de mi pantalón alrededor de la herida. Un escalofrío se abrió paso por mi columna cuando sus dedos rozaron la piel de mi muslo, enviando una corriente eléctrica que hizo arder todos los músculos de mi cuerpo.
Una vez que abrió lo suficiente la tela para acceder a la herida, roció un poco de desinfectante en la zona, haciendo que me estremeciera por la sensación de ardor. Sin embargo, me contuve, sabiendo que era necesario para prevenir todo tipo de infecciones.
Con manos firmes, utilizó las pinzas para retirar con cuidado los restos de tela y los hilos sueltos que habían quedado atrapados en la herida. Cada movimiento era preciso y meticuloso, y me sorprendió la destreza con la que manejaba los instrumentos médicos.