En la línea de fuego 542
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—Ese deporte que practicabas —hablé, rompiendo el silencio—, es el boxeo, ¿verdad?

Sus ojos se encontraron brevemente con los míos y sentí un revoltijo en el estómago.

—Así es.

La pregunta surgió en mi mente antes de que pudiera detenerla:

—¿Por qué lo dejaste?

Percibí cómo su mandíbula se tensaba un poco.

—No iba a hacerlo, pero me propusieron algo mejor.

Me mordí el labio inferior, sintiendo la curiosidad cosqui-lleando por mi lengua. Pero no quería preguntar más acerca de ello, no era de mi incumbencia.

Después de limpiar la herida con gasas estériles y desinfectante, comenzó a suturarla con habilidad, asegurando ca-da punto con cuidado para cerrarla adecuadamente. Cada punción me hacía sentir una punzada de dolor, haciendo una mueca de dolor.

—Lo siento —murmuró con una suavidad que contrastaba con la dureza en su voz.

Intenté ignorar la sensación de su tacto, centrando mi atención en cómo iba curándome y luchando contra la oleada de emociones contradictorias que inundaban mi interior.

A medida que comenzó a limpiar la herida y a suturar los puntos que se habían soltado, el dolor se mezcló con una extraña sensación de calor que se extendía por todo mi cuerpo.

Cada roce de sus dedos era como una caricia, despertando una sensación de anhelo que apenas podía contener.

Él era un asesino, un monstruo según la sociedad, bautizado como «el depredador de las mujeres». Todavía recordaba el post-it que había encontrado pegado a una de las hojas 543

de los documentos donde hablaban de él. Y, sin embargo, ahí estaba. Agachado frente a mí, curándome una herida que ni siquiera él había provocado.

—Listo —anunció.

—Gracias —murmuré, tragando saliva con fuerza.

Se puso en pie, dejando la bolsa junto a los asientos de atrás, donde ahora estaban Amelia y Nils con la niña dormida.

Lexi apareció al lado de Nolan.

—La acompañaré al baño —dijo, su voz sonando casual pero con un brillo de urgencia en sus ojos.

Nolan pareció dudar por un momento, quizás percibiendo la urgencia en la solicitud de Lexi, pero luego asintió con una pequeña inclinación de cabeza.

—No tardéis mucho.

Sin perder tiempo, Lexi me tomó del brazo y me condujo hacia la gasolinera. A medida que nos alejábamos, sentí una mezcla de nerviosismo y anticipación creciendo en mi pecho, sin estar del todo segura de qué es lo que pretendía hacer Lexi a continuación.

—¿Y ahora qué plan has ingeniado? —pregunté, mientras las puertas de la gasolinera se abrían y entrábamos.

Lexi sonrió al chico de lentes que atendía tras el mostrador cuando pasamos por su lado. Noté cómo me lanzaba una mirada de reojo al percatarse de la herida que tenía en la pierna.

Nos adentramos por el pasillo que llevaba al baño. Al doblar la esquina, llegamos frente a la puerta del baño de mujeres y abrió la puerta para dejarme pasar primero.

—¿Qué se supone que estamos haciendo aquí? —pregunté, sintiendo la intriga bullir en mi interior mientras me apoyaba contra el lavamanos.