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—Necesito que alguien me acompañe —dijo Nolan, nada más detener el vehículo.
Un incómodo silencio llenó el interior del vehículo. Nadie parecía dispuesto a moverse. Los ojos de Lexi, Nils y Amelia se cruzaron entre sí, reflejando el miedo que todos compartíamos en ese momento. Supongo que no querían ni pensar en la sola idea de acompañar a un asesino como Nolan a algún lugar, fuese cual fuese.
—A mí me duele el tobillo —dijo Nils.
—¿Desde cuándo? —Fruncí el ceño.
—Desde… ahora.
Volteé los ojos.
Cuando desvié la mirada hacia Amelia, dio un respingo.
—A mí… me duele el dedo gordo del pie.
—Venga ya —espetó Lexi—. No podemos perder más tiempo. Ya me quedo yo con Jules y la niña.
—¿Y por qué tú? —se quejó Nils.
—Porque es mi amiga —se excusó la rubia rápidamente.
—Y también la nuestra —replicaron Amelia y Nils a la vez.
—Sí, pero yo la conozco desde hace más tiempo —contestó con firmeza, intentando sellar la discusión.
Nils abrió la boca para responder, pero al final solo suspiró y se quedó en silencio, aceptando a regañadientes la explicación de Lexi.
—Que sepas que eso no te hace más valiente, sino más cobarde. —Nils le lanzó una mirada de resignación a mi amiga.
Los otros tres salieron del vehículo en dirección a la gaso-537
linera en busca de suministros médicos, mientras Lexi y yo esperábamos dentro del furgón. Renata se había quedado dormida en el camino, su cabeza reposaba en el cinturón, durmiendo plácidamente. Ni siquiera sabía cómo había podido conciliar el sueño tan rápido después de todo lo que había visto.
Lexi esperó a que los demás nos dejaran solas y entraran a la gasolinera. Se deslizó al asiento del medio y se asomó entre los dos asientos delanteros.
—Vale, esto es lo que haremos —comenzó a decir—. Me pondré en el asiento delantero y conduciré hasta el hospital más cercano para curarte esa herida. Tenemos unos trece minutos hasta allí, así que es probable que para ese entonces Nolan ya no esté en la gasolinera. Pero por suerte Amelia y Nils están con él, así que tendremos testigos confiables. Ellos podrán proporcionarnos detalles precisos sobre qué dirección ha tomado. A no ser que los utilice de rehenes, claro. En ese caso, tendremos que basarnos en las cámaras de seguridad de la gasolinera. He visto que hay una en uno de los extremos de la puerta, por lo que muy probablemente habrá más en el interior.
Parpadeé, sorprendida.
—¿Cuándo has ingeniado este plan?
—Al comprender que teníamos que parar en algún lugar, sabía que sería una buena oportunidad para escapar.
Mis ojos divagaron hacia Renata.
—¿Y qué hay de la niña?
—Las autoridades sabrán qué hacer con ella.
—Pero, Landon dijo que. .
Lexi me lanzó una mirada inquisitiva.
—Sabes lo mucho que le conmocionó perder a su hermana, pero es imposible que sea ella. Las personas que desapa-538
recen casi nunca se las vuelve a encontrar, generalmente son secuestradas, llevadas a otros países o, lamentablemente, a-sesinadas. Tan solo el veinte por ciento de personas desaparecidas vuelven con sus familias y, siendo realistas, la probabilidad es mínima. —Hizo una pausa—. Sé lo mucho que te gustaría escuchar que fuera ella, y yo también. Pero esta no es Anne, Jules. No puede serlo.
Ante las palabras de Lexi, sentí un nudo en el estómago. A pesar de comprender la lógica detrás de su argumento, mi corazón se aferraba a la pequeña chispa de esperanza que había surgido en mí. ¿Cómo podíamos estar seguras de que Renata no era realmente Anne? ¿Y si nos equivocábamos y perdíamos la oportunidad de que Landon se reuniera con su hermana?
No podía quitarme de la cabeza cómo Landon había mirado a esa pequeña. Era la primera vez que había visto esperanza en sus ojos, y no quería que nadie se la arrebatara. No otra vez. Así que me esforcé por mantenerme firme en mi creencia, incluso cuando la duda me asaltaba.
—¿Recuerdas el caso de Sophia Robinson?
Lexi empezó a negar con la cabeza, como si no quisiera que siguiera por ahí.
—Jules. .
—Llevaba semanas desaparecida —le interrumpí, recordando los detalles del caso—. La policía inició más de treinta búsquedas exhaustivas en una semana, peinando cada bosque cercano y revisando cada rincón de las calles de este pequeño pueblo. Sus padres estaban desesperados, todos pensaban que era imposible que siguiera viva. Y yo llegué a pensarlo también. Tenía tan solo cinco años, no podría alimen-tarse por sí misma ni protegerse de las noches frías. Pero entonces tú me dijiste que nunca debemos darnos por vencidos hasta que agotemos todas las posibilidades.