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Metí la pistola en mi cintura, dentro del pantalón, y impulsé hacia arriba para cogerla en brazos. Un dolor atroz estalló en mi muslo y amenazó con no levantarme, pero aún así lo hice. Apreté los dientes con fuerza antes de correr hacia Nolan, que se había detenido para esperarnos.
En cuanto se percató de que estaba herida y aún así estaba ejerciendo un esfuerzo monumental, se apresuró en quitarme la niña de mis brazos para continuar con ella cargada.
Sin embargo, apenas había asumido su peso cuando un rugido metálico llenó el aire, seguido de un impacto brutal que sacudió el suelo bajo nuestros pies.
Instintivamente, volví la cabeza hacia el origen del sonido.
Uno de los furgones negros había embestido contra un coche patrulla con tanta fuerza que su capó quedó completamente aplastado contra la estructura del edificio cercano.
Deseé con todas mis fuerzas que no hubiese alguien dentro, pues nadie podría haber sobrevivido a un impacto tan violento.
La colisión había desencadenado un infierno de llamas, impregnando el aire con un olor a caucho quemado y gasoli-na. Los restos retorcidos de los vehículos ahora yacían envueltos en un manto de fuego ardiente, mientras las llamas se abrían camino hacia el edificio.
El resplandor anaranjado iluminaba la fachada del psiquiátrico, destacando las ventanas y las puertas como bordes de oro fundido. El humo espeso se arremolinaba en el aire, oscureciendo la noche con su presencia ominosa y tóxica. El fuego rugía vorazmente, y sus llamas danzaban frenéticamente, como criaturas vivientes hambrientas de destrucción, consumiendo todo a su paso con un apetito insaciable.
Mientras observaba el desastre que se desplegaba ante mis ojos, recordé la palabra que había escrito Marlon en mi cuaderno cuando llegué al hospital.