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Asentí, comprendiendo lo que pretendía que hiciésemos.
El furgón estaba a varios metros de distancia, pero tampoco teníamos muchas más opciones.
Me giré hacia la niña, que no paraba de observar su entorno como si no supiera a dónde meterse.
—Vamos a tener que movernos, ¿de acuerdo? —le hice saber, tratando de transmitir tranquilidad ante todo.
Tragó saliva con fuerza, como si no le gustara demasiado la idea.
—Cuando os lo indique, corred —nos instó Nolan.
Asentimos en silencio. Ahora mismo no importaba que fuera un asesino, ni todas las muertes que había ocasionado.
Sentía la necesidad de seguir sus instrucciones al pie de la letra. Al menos para poder sobrevivir.
No sabía por qué la directora había cambiado tan repentinamente de opinión, pero no dudó ni un segundo en ordenar que me mataran. Estaba claro que no le importaba que los daños colaterales tuvieran nombre y apellido, pues elimina-ría a cualquiera que se cruzara en su camino y evitara su objetivo.
Nos pusimos de pie, tratando de no llamar la atención de los guardias. Le di la mano a la niña y me miró con estipula-ción. Era muy valiente por la edad que tenía, y temí que fuera porque las circunstancias de la vida le habían obligado a serlo.
En cuanto Nolan hizo un gesto afirmativo con la cabeza, comenzamos a correr. La gravilla crujía bajo nuestros pies mientras nos abríamos paso entre el caos. Los músculos de la pierna herida ardían como mil demonios, pero sabía que no podía detenerme a no ser que quisiera poner en peligro a todos.
Otro estallido de disparos llenó el aire, más cercano esta 522
vez, como si los guardias hubieran descubierto nuestras intenciones y estuvieran tratando de evitarlo a toda costa. La adrenalina bombeaba a través de mis venas mientras redo-blábamos nuestros esfuerzos para llegar al furgón.
El miedo se asentó en mis huesos cuando vi por el rabillo del ojo a uno de los guardias apenas a pocos metros de nosotros. Su arma apuntaba directamente hacia mí. Nolan pareció darse cuenta del peligro y alzó la pistola, disparando en su dirección sin titubear. Un grito de sorpresa y dolor resonó en el aire mientras el guardia caía al suelo, su rostro contor-sionado por la agonía mientras se sujetaba una de las piernas ensangrentadas.
El furgón se acercaba lentamente, como un faro de esperanza. Parecía estar a kilómetros de distancia, aunque en realidad estaba a solo unos metros. Me preguntaba si lograrí-amos escapar o si este sería el final de nuestro intento desesperado por la libertad, pagando por un precio tan alto co-mo lo era la vida.
Pero entonces, noté que la mano de la niña se deslizaba de la mía, hasta que se soltó por completo. Me giré con brusquedad, solo para darme cuenta de que la niña se había tro-pezado, y ahora estaba en el suelo.
—¡Renata! —grité, mi voz mezclándose con el estruendo de los disparos.
El pánico se apoderó de mí.
Di media vuelta y corrí hacia ella, ignorando los disparos que pasaban silbando por nuestro lado. Me arrodillé a su la-do, sintiendo una oleada de alivio al verla moverse, pero también una punzada de miedo al darme cuenta de que no había salido ilesa de la caída. Se había rasgado las palmas de las manos y las rodillas. Una fina línea de sangre se deslizaba por su pierna, indicando una herida superficial pero que seguramente le dificultaría correr