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Apreté los dientes con fuerza, sintiendo cómo la ira ardía dentro de mí.
Por supuesto que había matado a alguien, pero lo que ocurrió hace años no me hacía igual o más culpable que él.
Nolan había matado a tantas chicas que ni siquiera llevaba la cuenta, por no hablar de que lo hizo de una manera extremadamente cruel.
—No tienen pruebas de eso.
—Pero las tendrán —respondió—. Si vas a comisaría y des-mantelas todos los secretos de este psiquiátrico, acabarán descubriendo lo que hacían con nosotros. Y eso incluirá todo lo que has hecho tú.
—Ya sé lo que pretendes, y no lo vas a conseguir.
Ladeó la cabeza. Sus ojos brillaron con una chispa de curiosidad.
—¿Y qué es lo que crees que quiero conseguir?
—Hundirme contigo.
Una risa ronca escapó de su garganta.
—No me puedo creer que de verdad pienses eso después de todo.
—¡No es lo que pienso, es la verdad! —estallé, perdiendo los nervios—. ¡No me puedes negar que tenías todo esto planeado desde el principio! ¡Sabías que íbamos a salir, y que después de eso no iría a la policía porque según tú yo también soy una asesina!
—Yo no he dicho eso.
—¡Pero lo has insinuado!
—Solo quería que supieras la verdad.
—¿Y después de eso qué? ¿Crees que nos escaparíamos agarrados de la manita y que tendríamos un final feliz?
Nolan se quedó completamente quieto, sus puños se a-507
pretaron con fuerza y su mandíbula se tensó con una furia creciente. Probablemente eso era justamente lo que esperaba que ocurriera.
—Tal vez en un pasado nos conociéramos, pero ya no somos los mismos de antes. Yo me crié en un orfanato y acabé viviendo con un hombre encantador que me adoptó y al que no tenía ningún problema en llamarlo padre. Y tú, en cambio. . —Negué con la cabeza, sin saber qué decir—. No sé qué te llevó a hacer todo lo que hiciste, pero te acabaste convirtiendo en un monstruo. Así que en cuanto salgamos de aquí, si es que lo logramos, te aseguro que no voy a querer tener nada que ver contigo.
El rostro de Nolan seguía endurecido, con la mandíbula tensa y las líneas de sus expresiones marcadas. Pero los ojos nunca mienten, y fueron los que delataron cuánto le habían dolido esas palabras.
—Así que, sigues creyendo que yo soy el asesino —murmuró con un deje de decepción.
—He visto con mis propios ojos todos los documentos donde se ven los cadáveres de esas pobres chicas a las que asesinaste, y todos ellos están repletos de tu ADN, Nolan. En las puntas de sus uñas, en sus cabellos arrancados, incluso en los fragmentos de piel bajo sus dedos. Hay fotografías que te muestran en la escena del crimen en el momento exacto en que ocurrió, y testimonios de testigos que te señalan co-mo el culpable.
—¿Y no has pensado en que puede que todas esas pruebas hayan sido manipuladas?
Suspiré.
—Nolan, el problema aquí es que no me estás dando nada con lo que trabajar. Mi trabajo se basa en hechos, no en palabras. Y menos si vienen de la persona a la que han incrimina-508
do. —Hice una pausa antes de seguir—. Mira, cuando te envíen de nuevo al juzgado, prometo que voy a otorgarte el beneficio de la duda. Revisaré cada detalle una vez más y tendré en cuenta todo lo que me estás diciendo. Pero, por ahora, con lo que tengo delante de mí, no puedo hacer nada más. No puedo ignorar las pruebas que apuntan directamente hacia ti. Mi deber es conocer la verdad, y hasta que no vea algo que cambie esta perspectiva, tengo que seguir lo que dictan los hechos.
Nolan se quedó muy callado, pues sabía que tenía razón.
—Si tienes algo, cualquier cosa que pueda ayudar a demostrar tu inocencia, ahora es el momento de decirlo. Porque hasta que no vea una razón concreta para creer que to-do esto es un montaje, no puedo hacer más por ti.
Él entreabrió los labios para responder, pero fue interrumpido bruscamente por el chirrido de neumáticos y el estruendo de motores.
Nuestras miradas se cruzaron antes de que una sucesión de furgones rodeara la fuente. Los vehículos eran todos negros, con los cristales tintados, impidiendo ver su interior.
Me resultaron familiares, como si no fuera la primera vez que los había visto, pero en ese momento estaba tan tensa que no pude pensar con claridad.
Las puertas de los vehículos se abrieron y por lo menos una docena de guardias bajó de cada uno de los furgones.
Aunque Nolan y yo estuviéramos armados, nos superaban en número. Eran demasiados, y no pudimos hacer nada cuando nos acorralaron.
Nuestro primer instinto fue entrar de nuevo hacia el psiquiátrico, pero justo cuando nos giramos, emergió por la puerta esa figura imponente. La directora Madeline Gerlach.
Vestida con un traje impecable de chaqueta y falda a jue-509
go, nos ofreció una sonrisa de todo menos amistosa y sincera.
—Cuando pienso que no me podéis decepcionar más, lo hacéis de nuevo.
Un escalofrío recorrió mi espalda mientras mi mente corría a mil por hora, buscando una posible vía de escape. Si Nolan tenía miedo, no lo parecía. Pues se mostraba tan seguro como siempre.
—Si no deja que nos vayamos ahora, terminaremos buscando la forma de hacerlo —aseguró él.
—Tendremos que reforzar la seguridad, entonces —contestó, sin sentirse ni un poco amenazada.
Renata se agarró a mi pierna y se escondió detrás de ella.
—¿Y crees que eso le bastará para detenernos? ¿Un puñado más de guardias? —Nolan ladeó la cabeza, desafiándola—.
¿No ha visto de lo que somos capaces de hacer con ellos?
Por supuesto que lo había visto. Tenía justo detrás a más de diez guardias en el suelo desangrándose. Incluso desde a-hí se podían escuchar aún algunos lamentos, y todo apuntaba a que los más fuertes eran los de Marlon.
La directora no respondió de inmediato, pero pude distinguir un destello de rabia en esos ojos fríos y calculadores.
Un silencio incómodo se extendió entre nosotros, cargado de expectación.
—Y, aún así, todavía creéis que merecéis estar libres.
—Negó con la cabeza, mostrando desencanto.
—No nos quedaremos aquí encerrados, esperando a que decidáis nuestro destino por nosotros.
La voz de Nolan denotaba una firmeza inquebrantable. No sabía cómo lo hacía para mantenerse tan firme, teniendo en cuenta que estábamos rodeados por guardias armados que tan solo les faltaba mover un poco el dedo para quitarnos la 510
vida, o tal vez sedarnos y mandarnos de nuevo a ese lugar.
No sé qué era peor.
Madeline pareció reconsiderar las palabras que iba a decir después.
—Podríais cooperar con nosotros. Podríamos encontrar una solución que beneficiara a todos, una manera de garantizar vuestra seguridad y la de los demás sin necesidad de manteneros encerrados.
Eso llamó mi atención. Fruncí el ceño, intrigada por la propuesta.
—¿Y qué sugiere? —pregunté.
Noté la mirada incrédula que me dirigió Nolan a mi lado.
—Podríais trabajar para un grupo de personas.
—¿Un grupo de personas? —repetí, frunciendo el ceño.
—Sí, un grupo de personas que necesita vuestra ayuda
—respondió con una mirada penetrante que indicaba que tenía algo específico en mente.
—¿Y qué clase de personas nos necesitaría?
—El ejército.
Parpadeé, sorprendida.
—Trabajaríais para una unidad especializada del ejército, una fuerza de élite que se encarga de misiones delicadas y de alto riesgo —añadió.
La idea me dejó perpleja. Eso era algo que nunca había considerado, pero tenía sentido. Las personas con habilidades como las nuestras podrían ser de gran utilidad en situaciones donde se necesitara control mental o manipulación de objetos a distancia.
—¿Y qué tipo de misiones realizaríamos?
La directora Gerlach sonrió con satisfacción.
—Eso es algo que podríamos discutir más adelante. Por a-511
hora, lo importante es que estáis considerando la posibilidad de trabajar con nosotros.
—Yo no estoy considerando nada —sostuvo Nolan, y me miró antes de añadir—, y Jules tampoco.
Nadie deseaba más que yo volver a la normalidad, seguir con mi vida cotidiana. Pero después de recordar mi pasado, algo en mí había cambiado. La idea de regresar a casa y pretender ser la misma de antes, como si nada hubiera pasado, ya no era una opción viable. Tenía habilidades especiales, aunque aún no pudiera aceptarlo del todo. Y por primera vez pensé que podría usar esas habilidades para algo bueno, en lugar de matar.
Madeline debió ver algo en mi expresión que revelaba que me estaba pensando su propuesta, porque sus ojos se posaron en mí.
—Jules, entiendo que esto pueda ser abrumador para ti
—comenzó, su tono suave pero persuasivo—. Pero debes entender que tus habilidades tienen el potencial de marcar la diferencia en el mundo. Trabajar para esta unidad del ejército te brindaría la oportunidad de utilizar tus dones de una manera que nunca antes habías considerado. Juntas, podríamos lograr mucho más de lo que podrías imaginar.
—Y una mierda —masculló Nolan—. Lo único que queréis es usarnos como armas.
La directora Gerlach mantuvo la compostura, pero pude ver una chispa de irritación en sus ojos ante la franca oposi-ción de Nolan.
—Estoy tratando de encontrar una solución que beneficie a todos.
—¿Y en qué nos beneficiaría a nosotros exactamente esa solución? —preguntó con un tono burlón en su voz.
La directora Gerlach sostuvo la mirada de Nolan con se-512
riedad antes de responder:
—Tendríais la oportunidad de utilizar vuestras habilidades de una manera controlada y dirigida hacia un propósito más grande. La sociedad ya no os vería como asesinos, sino como héroes, dispuestos a arriesgar todo por el bienestar de los demás. —Sus ojos marrones se encontraron con los míos—.
Jules, tú entraste con la finalidad de hacer justicia, ¿no es a-sí? Eres investigadora privada, es tu pasión ayudar a los demás. Pero, ¿qué pasará cuando cruces esas puertas? ¿Qué les dirás a los demás, si eres tan culpable como Nolan?
Apreté los dientes con fuerza y mi respiración se aceleró.
—Los dos sois iguales, lo quieras o no —agregó.