En la línea de fuego 506 #2
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La voz de la directora resonó en mi mente, planteando cuestiones que había estado evitando enfrentar. ¿Era realmente diferente de Nolan? Ambos teníamos habilidades especiales, ambos habíamos usado esas habilidades para matar, para ejercer violencia. La idea de ser considerada tan culpable como él me llenaba de una sensación abrumadora de culpa que empezaba a consumirme por completo.

—No. . —murmuré, luchando por encontrar las palabras adecuadas.

Nolan me miró con preocupación, leyendo la lucha interna que estaba teniendo.

—Jules, no la escuches. Tú eres diferente, no eres como yo —dijo con convicción.

—Eso no es lo que has dicho antes —refuté.

—Nunca he dicho que fueras una asesina. Ellos te obligaron a hacer lo que hiciste.

—Eso no es verdad —intervino la directora—. Nosotros no. .

—¡Cállese! —gritó Nolan entre dientes, y le dirigió una mirada tan fría que ni la propia directora se atrevió a darle la 513

contraria. Luego se volvió hacia mí y empleó un tono mucho más suave conmigo—. Eras una niña asustada y confundida que solo quería sentirse querida por alguien, ver de nuevo todo lo que pintabas en esos dibujos, escuchar una vez más tu canción favorita y poder recordar todo lo que te habían arrebatado.

Mis ojos ardieron por las lágrimas que amenazaban con emerger. Por un momento, el peso de la realidad se instaló en mi pecho.

—Tú tienes el poder de decidir quién eres. No dejes que esta mujer te defina por tus acciones pasadas.

Unos aplausos resonaron por el lugar. La directora estaba aplaudiendo con una sonrisa enigmática, como si estuviera disfrutando de mi angustia.

—Ese discurso es muy conmovedor, Nolan. Pero no es la realidad. —Dio un paso al frente, y los tacones resonaron ba-jo la gravilla—. La realidad es que vosotros no fuisteis seleccionados al azar. Los niños a los que sometimos a esas pruebas eran niños problemáticos, con rasgos de violencia inna-tos y problemas de autocontrol. Fueron elegidos por sus pre-disposiciones a la agresión y a la manipulación. Y ni mucho menos vosotros sois la excepción.

—Yo no soy lo que usted insinúa —negué con rotundidad.

—¿De veras? ¿Nunca le has deseado la muerte a nadie?

¿Nunca has sentido tanto odio que has fantaseado con la sangre y la venganza? —Por supuesto que lo había sentido, pero no iba a reconocerlo delante de ella—. He visto la rabia en tus ojos cuando tratabas de contenerla, pero no pudiste con Margot, ¿verdad?

El aire dejó de llegar a mis pulmones.

La mención de un nombre que había intentado enterrar en lo más profundo de mi ser, hizo que un nudo se instalara 514

en mi estómago. Sentí como si el suelo se abriera bajo mis pies, arrastrándome hacia un abismo de dolor y culpa.

—Yo no quería matarla —balbuceé.

—No la escuches, Jules —insistió Nolan.

—Sí que querías —continuó la directora—. No había otra cosa que desearas más en el mundo que verla muerta.

—¡No es cierto! —grité, y las lágrimas dificultaron mi visión.

Pero ella siguió:

—Si no hubieses deseado su muerte, ahora mismo seguiría viva.

La tristeza se transformó en una ira incontrolada.

—¿Sabes que tenía un hermano pequeño? Tenía la misma edad que la niña que está detrás de ti. No fue muy agradable tener que darle la noticia, pero terminó descubriendo por qué su hermana ya no le llamaba cada semana para saber có-mo estaba. —Se encogió de hombros con fingida lástima—.

Deberías haber visto su cara cuando se enteró, estaba destrozado. No pude decirle la verdad de lo que le sucedió a su hermana, claro. Le dije que fue un accidente y. .

Un zumbido atronador llenó mis oídos, ahogando las palabras de la directora en un mar de ruido ensordecedor. Era como si cada fibra de mi ser resonara con la furia contenida, una energía que bullía en mi interior, ansiosa por liberarse.

Mi visión se nubló, las lágrimas de rabia y frustración empa-ñando mis ojos y distorsionando la imagen de la directora frente a mí.

Mis manos temblaban con violencia mientras apretaba los dientes con una fuerza descomunal. Podía sentir cómo las uñas se clavaban en las palmas de mis manos, una punzada dolorosa que apenas notaba en medio del torrente de emociones que me consumía. En ese momento, nada más impor-515

taba que la ira que se acumulaba en mi pecho, una ira latente y poderosa que amenazaba con desbordarse en cualquier momento.

Estaba muy furiosa.

En medio del caos emocional que estaba sintiendo, percibí una ligera vibración bajo mis pies. Pensé que era fruto de mi mente, que apenas podía pensar con claridad en ese momento, pero entonces la directora desvió la mirada hacia el suelo al notar lo mismo.

—Nolan, te aseguro que si intentas algo. .

—Yo no estoy haciendo nada —le interrumpió él.

Su expresión de superioridad se desvaneció gradualmente, reemplazada por una mezcla de confusión y temor. Sus ojos se ampliaron mientras miraba a su alrededor, tratando de entender lo que estaba sucediendo.

Entonces sus ojos se posaron en los míos y me miró de la misma manera en que lo hizo ese hombre de cabello blanco cuando descubrió lo mucho que me había estado infravalo-rando.

Sus labios se entreabrieron ligeramente, pero ninguna palabra salió de su boca.

Un estallido muy fuerte sorprendió a todos.

Los cristales de todas las ventanas del psiquiátrico se rompieron en mil pedazos. Fragmentos afilados de vidrio salieron disparados en todas direcciones. Algunos trataron de refugiarse en algún lugar, pero otros no tuvieron tanta suerte y les rasgaron la ropa, alcanzando la piel y dejando cortes profundos.

Después, reinó un silencio sepulcral.

Todos los guardias se miraron entre sí, desconcertados por lo que acababa de ocurrir. Pero la directora sabía perfectamente lo que había sucedido, pues sus ojos seguían fijos en 516

los míos. Se sacó un pequeño cristal que se le había clavado en el hombro con una mueca dolorosa y lo lanzó al suelo.

—Dejadlos con vida, pero a ella matadla.

Tras la orden de la directora, todas las armas apuntaron directamente hacia mí.

—¡No! —exclamó Nolan, con un ligero quiebre en la voz.

Antes de que pudiera asimilar lo que estaba sucediendo, abrieron fuego.

Bajé lentamente la mirada hacia mi cuerpo, esperando ver lo mismo que vi cuando a Adler le alcanzó esa bala en el estómago. Sin embargo, lo que sentí fue un alivio repentino al darme cuenta de que no había ninguna herida.

Aturdida, levanté la vista hacia los guardias. No supe lo que estaba pasando hasta que reparé en que ninguno de ellos había disparado.

Más disparos se escucharon. Entonces la atención de todos recayó en el interior del hospital, de donde provenían.

Los guardias, alertados por el ruido, giraron hacia la entrada principal. La directora, a unos pocos metros de la puerta, volteó hacia esa dirección con evidente confusión en su rostro.

Cuando los disparos cesaron, un pesado silencio se abatió sobre el lugar. Supongo que todos nos preguntábamos lo mismo. Si todos los guardias estaban reunidos fuera, ¿quién podría. .?

—¡Soltad las armas, ahora mismo!

Mi corazón dio un vuelco al reconocer al dueño de esa voz.

Landon.

Fue el primero en aparecer por la puerta, liderando el grupo de agentes que iba seguido de él. Iban todos armados, 517

con sus uniformes y las pistolas en alto. Desvié la mirada al escuchar los motores de varios vehículos acercarse, anun-ciando la llegada de más refuerzos.

Más de seis coches patrulla se instalaron en los terrenos del psiquiátrico. Se posicionaron estratégicamente alrededor del hospital, rodeando los furgones. Más figuras emergieron de las puertas del psiquiátrico, protegidas por varios policías.

Entre ellas distinguí a Lexi, Nils y Amelia. Esta última me dirigió una sonrisa cálida desde la distancia que nos separaba.

Lo había logrado, había conseguido encontrar a Landon y pedir ayuda. Le devolví la sonrisa.

Landon se aproximó a la directora con precaución, apun-tándola con su arma. Ella alzó las manos en señal de rendición.

—Madeline Gerlach, queda usted bajo arresto por cargos de conspiración, operaciones ilegales con fines de lucro, tortura sistemática a varios pacientes y violación flagrante de los derechos humanos —declaró él con voz firme, su mirada clavada en la mujer.

—Se está equivocando. Yo no soy el peligro, es ella.

Me señaló con la cabeza. Los ojos castaños de Landon se desviaron hacia mi dirección, y su expresión cambió de repente. Pero entonces me di cuenta de que no me estaba mirando a mí, sino a la niña que tenía detrás.

A Renata.

El shock cruzó su rostro, y pude ver cómo la confusión más absoluta se apoderaba de él. Su mano instintivamente bajó el arma, como si su mente estuviera luchando por comprender lo que veía.

Sus ojos se ampliaron con incredulidad antes de emitir las siguientes palabras:

—¿Anne?