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—Ni se te ocurra —dictaminó Nolan—. Estamos a menos de cinco grados.
Con un gesto decidido, Nolan se quitó la sudadera que tenía puesta, quedándose tan solo con una camiseta negra de manga corta. Observé en silencio cómo se agachaba para pasar la sudadera por la cabeza de la niña con una suavidad sorprendente. Luego la ayudó a colocarle las mangas. Le iba tan grande que parecía un vestido, y las mangas ocultaban sus manos por completo.
Cuando se levantó de nuevo, se acomodó el cabello, que le había quedado algo revuelto tras quitarse la sudadera. Seguí ese movimiento con atención hasta que me di cuenta de que había permanecido demasiado tiempo mirándolo fascinada.
Me aclaré la garganta.
—¿Y cuál es el plan ahora?
—Encontrar un vehículo que esté cerca del psiquiátrico.
Con suerte habrá alguno estacionado que utilice el personal de seguridad.
—¿Y no es mejor ir a la carretera más próxima y buscar a alguien que nos lleve a una comisaría?
—Sabes perfectamente que yo no iré a una comisaría.
Rodé los ojos.
—Oh, por supuesto. Porque no quieres ir a prisión, ¿verdad? Si tan inocente eres, no debería preocuparte acudir a la policía.
—Te dije que la policía solo complicaría las cosas.
—Para ti —remarqué.
—Para ambos —corrigió.
—Yo no he matado a personas.
—¿Estás segura? —Alzó una ceja.