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No podía revivir esa situación, no podría soportarlo.
Si de verdad eran conscientes de lo que estaba ocurriendo en este psiquiátrico, de lo que hacían con los pacientes, no merecían vivir. Pero Mike no sabía nada de lo que ocurría dentro de esas paredes, y mucho menos lo que sucedía en esos sótanos. Lo supe porque siempre que había tratado de obtener respuestas, no podía darmelas. Y no porque no quisiera, sino porque simplemente no las tenía. Él era tan inocente como nosotros, y como él habría muchos más.
Las palabras emergieron solas de mi garganta:
—No lo hagas.
Nolan se giró hacia mí y su expresión se suavizó al contemplar la preocupación en mi rostro. No sabía a qué se debía el motivo, pero algo debía intuir.
Pensé que aún le quedaría algo de humanidad, que tal vez me equivocaba y no era el monstruo que creí imaginar, pero entonces desvió la mirada de nuevo hacia los guardias y un túmulo de disparos resonó por toda la instancia, creando un ruido ensordecedor.
Cerré los ojos con fuerza y cubrí los de Renata con mis manos por si ella no lo había hecho, intentando bloquear el caos a su alrededor y protegerla de la realidad aterradora que se desplegaba frente a ella.
No me atreví a abrir los ojos cuando el silencio impregnó de nuevo la instancia. No estaba lista para ver más muertes.
Se lo había suplicado. Le había pedido una sola cosa, y es que no lo hiciera. Pero no debí haber confiado en él. Debí haberlo imaginado.
Cuando finalmente reuní el coraje para abrirlos, tuve que parpadear varias veces para terminar comprendiendo que no los había matado. Estaban en el suelo, pero había hecho que las armas se desviaran segundos antes de apretar los gatillos 502
hacia distintas extremidades con tal de no provocarles la muerte. Algunas de las balas les habían alcanzado los brazos y las piernas, pero no habían ido a parar a ningún órgano vital.
Los dejó a todos heridos, tumbados en el suelo mientras trataban de cubrir sus propias heridas y evitar que la sangre se extendiera. Sin embargo, había dejado a alguien ileso.
Y ese alguien era Marlon.
Era el único que permanecía todavía de pie, con el arma entre sus manos. Sus ojos reflejaban una profunda confusión mientras observaba a sus compañeros heridos. Su expresión era un torbellino de emociones encontradas: shock, incredulidad, quizás incluso un atisbo de alivio al verse ileso mientras sus compañeros yacían heridos a su alrededor.
Nolan salió de nuestro pasillo y Marlon alzó la mirada mientras veía cómo se acercaba hacia donde se encontraba él. Con un gesto firme, el guardia levantó el arma y le ordenó que se detuviera en varias ocasiones, pero Nolan no tenía ninguna intención de obedecerle. Seguía avanzando con pasos deliberados y seguros.
Hizo un ligero movimiento con la cabeza y el arma de Marlon salió volando por los aires. Un destello de pánico cruzó sus ojos mientras retrocedía un paso instintivamente, sintiéndose repentinamente desprotegido sin su arma. Nolan cogió una de las armas que estaban tendidas en el suelo y siguió avanzando hacia Marlon.
Entonces se detuvo cuando apenas los separaban tres metros de distancia. Desde esa posición, no podía ver el rostro de Nolan, pero podía percibir la tensión en su espalda, la rigidez de sus hombros. Lo que sí que podía ver era la cara de miedo y desconcierto de Marlon, sin saber del todo lo que pretendía hacer con ese arma, por qué lo había dejado ileso solo a él y minutos después se estaba acercando con un ar-503
ma. Yo me preguntaba exactamente lo mismo.
Nolan levantó la pistola, apuntando directamente hacia u-na parte en concreto de sus pantalones: los genitales. Antes de que pudiera reaccionar, el sonido ensordecedor del disparo cortó el aire, seguido por el desgarrador grito de agonía de Marlon.
La bilis subió por mi garganta al presenciar cómo un cho-rro de sangre salpicaba el aire, manchando los pantalones de Marlon mientras se retorcía en el suelo, agarrándose desesperadamente sus partes íntimas con ambas manos.
Impulsé a Renata hacia atrás para que no lo viera, pero e-ra demasiado tarde. La situación ya se había desarrollado frente a nosotras, y fue tan repentino que ni siquiera lo había visto venir.
Una desconcierta sensación se apoderó de mi pecho. No era pena, ni miedo. No, era rabia lo que sentía. Muchísima rabia acumulada en mi interior. Eso fue lo que me impulsó a permanecer en mi sitio, a no ir a socorrerle.
Recordé esa vez que lo pillé en las duchas del psiquiátrico, observándome fijamente y esperando a que me quitara la toalla para verme desnuda. Pensé también en todas esas veces en que lo hizo con otras mujeres. Eso significaba que Nolan estaba al tanto de lo que ese hombre había hecho. Me preguntaba si sabría lo que había ocurrido en las duchas, la primera noche que había pasado en este hospital.
—Jules. —Parpadeé y levanté la vista hacia él. No debí darme cuenta de que había regresado hacia nosotras, porque ahora estaba plantado frente a mí. Sus ojos oscuros se habían suavizado, pero seguía con los hombros tensos. —¿Estás bien?
Lo normal sería que no. Maldita sea, acababa de disparar a los genitales de un hombre frente a mí. Pero sentía un ex-504
traño alivio inundar mi ser. Así que todo lo que pude hacer fue asentir.
—La entrada ya está despejada.
—Pero, mis amigos. .
—Lo sé —me cortó—. Y regresaremos en cuanto podamos, pero ahora hay que salir de aquí. Y esta vez hablo en serio, Jules. Como perdamos un minuto más, se nos escapará la oportunidad de salir.
Miré hacia atrás, dubitativa, con el inmenso dolor de no querer abandonarlos. Pero Nolan estaba en lo cierto, aunque no quisiera.
Lo seguí hacia la salida, y vi cómo cogía otra arma más. La palma de mi mano ya estaba impregnada de sudor al no haber soltado en ningún momento a Renata.
Me preocupaba que no dijera nada y se mantuviera en silencio en todo momento. Lo habitual hubiese sido que llorara o gritara de terror. Una reacción que tendría cualquier ni-ño de su edad al ver. . en fin, todo lo que había ocurrido frente a ella. Pero su reacción era bastante inusual.
El aire fresco del exterior golpeó mi rostro mientras salía-mos del edificio. Nolan me ofreció una de las armas que había cogido, pero se la rechacé.
—Jules. .
—No pienso usarla —lo corté.
—Y no tienes por qué hacerlo, es solo por si la situación se complica.
Solté un suspiro antes de soltar la mano de Renata y coger la pistola.
—Tengo frío —se quejó la niña, abrazándose a sí misma.
Hice ademán de quitarme la sudadera que llevaba puesta.
Era bastante fina, pero al menos serviría de algo.