En la línea de fuego 499
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—¿Ves esos guardias de ahí? —preguntó Nolan.

Asentí con la cabeza.

Estábamos asomados al pasillo que daba a la sala principal más cercana a recepción, observando la filera de guardias. Al menos una docena de ellos estaba escoltando la entrada principal. A estas alturas, la noticia de que habíamos escapado de nuestras habitaciones ya debía haberse extendido, pues estaban bloqueando nuestra única alternativa para salir.

—No tienen ninguna intención de moverse, ni la tendrán

—prosiguió—. Pero podemos con ellos. Lo que no podemos luchar es contra sus armas.

—¿Qué quieres decir? —inquirí, mirándolo con el ceño fruncido.

—Habrá que desarmarlos.

—¿Cómo?

—Usando sus armas a nuestro favor.

—¿Y cómo pretendes que hagamos eso?

—¿Quién ha dicho que tengamos que hacerlo nosotros?

—Nolan esbozó una sonrisilla que me desconcertó aún más.

Se adelantó un paso, separándose de la pared con una mirada determinada y una sonrisa enigmática que sugería un plan en marcha. Me dio la impresión de que sus ojos se oscurecieron todavía más cuando observó a los guardias fijamente desde una posición en la que no nos veían.

Sin embargo, tuve que desviar la mirada de él cuando mi atención cayó sobre las armas de todos los guardias. Vi con mis propios ojos cómo comenzaban a vibrar en sus manos, como si una fuerza invisible tratara de desarmarlos. Me cos-500

tó comprender lo que estaba sucediendo hasta que me di cuenta de que Nolan era el que lo estaba provocando.

A más de diez metros de distancia, y sin tocarlos.

Ahora, al ver a Nolan mover objetos con la mente, me di cuenta de que aquellos años de experimentación no habían sido en vano. Todas esas sesiones a las que lo sometieron cuando tan solo era un crío parecieron tener sus frutos. Recordaba en mis sueños a esos hombres mencionar otros sujetos con los que había funcionado, en los que habían obteni-do resultados excelentes. Pero nunca los llegué a creer, no hasta que no lo viera con mis propios ojos.

Y ahí estaba.

Permanecí con la boca abierta durante tanto tiempo que la boca se me secó. Los guardias miraban confundidos a su alrededor, incapaces de entender lo que estaba ocurriendo.

Sus muñecas comenzaron a girarse en contra de su voluntad, desviando el arma hacia ellos mismos. En un instante, todas las armas quedaron apuntando directamente en las cabezas de sus propios compañeros.

Entre ellos distinguí a Mike, el chico delgado y joven con el que siempre iba con su compañero grandullón. El color había abandonado su rostro, dejándolo pálido y demacrado mientras su pecho subía y bajaba en rápidas respiraciones entrecortadas. Sus manos se aferraban con fuerza al arma que se movía por sí sola, como si pudiera detenerla con el simple poder de su voluntad. Pero su agarre tembloroso no era rival para la fuerza invisible que la controlaba.

Un fogonazo de pánico estalló en mi estómago al ver có-mo sus dedos se acercaban peligrosamente al gatillo, y la imagen de un Adler vulnerable volvió a mi mente. El sonido del disparo antes de la tragedia, el olor metálico impregnado en el aire, el líquido viscoso entre mis dedos, la sensación de impotencia al tratar de detener la hemorragia. .