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—Al menos deja que Adler y ella se vayan.
—Nadie se irá a ninguna parte. No podéis.
—¿Por qué no? Sabes perfectamente lo que hace este lugar, lo que hacen con las personas. Si nos quedamos, segui-ran abusando de nuestros derechos y nuestra libertad.
—Solo están haciendo lo correcto —defendió.
Alcé las cejas.
—¿Lo correcto? —repetí, y mi voz tembló por la ira que bastante estaba conteniendo ya—. ¡Están torturando a personas, ocultándolas en el sótano sin poder ver la luz del sol y borrando sus recuerdos sin ningún tipo de consentimiento ni humanidad! ¿Por qué sigues defendiéndolos? ¡Podrían hacer lo mismo contigo!
No hubo ni un ápice de miedo en su rostro tras mis palabras, como si estuviera segura de que nada malo le sucedería. Era desconcertante, casi sobrenatural, y un escalofrío recorrió mi espalda mientras contemplaba su confianza imperturbable.
Entonces, en medio de la tensión que colmaba el aire, una revelación impactante cruzó mi mente. Tenía que haber una posible y extraña relación entre Lily y aquel lugar, una relación que antes me hubiese parecido inverosímil pero que cobraba sentido en aquel momento.
Y entonces lo supe. Lo supe con una certeza indiscutible.
—Tú. . tú estás conectada a ellos de alguna manera, ¿verdad? —Mi voz era apenas un murmullo, pero fue suficiente para que me escuchara, y resonó con una veracidad que me estremeció hasta lo más profundo—. Por eso sabes que a ti no te va a suceder nada.
Un destello de miedo pasó fugazmente por sus ojos, como si la idea de ser descubierta la hubiera tomado por completo desprevenida. Quiso disimularlo, pero lo noté. Por supuesto 485
que lo noté.
Traté de recordar todos los momentos en que pudiese tener una conexión con el psiquiátrico, y entonces me vino a la mente esa vez en la que nos llevaron al despacho de la directora. No pasé por alto la manera en que la directora miró a Lily, cómo sus ojos se encontraron en un intercambio silencioso que duró apenas unos segundos pero que, en re-trospectiva, parecía cargar con un significado más íntimo.
Y no fue hasta ese momento que me di cuenta de la similitud en sus facciones. Sus labios, ligeramente más voluminosos que los de la directora, compartían una curva similar, aunque en Lily siempre había habido un rastro de inocencia que no encontraba en la expresión imperturbable de la directora.
Pero ahora parecía estar viendo a Madeline frente a mí.
Tenían el mismo tono rubio en sus cabellos, solo que la directora parecía habérselo teñido para lograr acercarse a un tono más cenizo. Incluso la forma de sus cejas era sorprendentemente parecida, arqueadas ligeramente hacia arriba en una expresión de determinación y autoridad. Lo único que parecían no compartir era el color de los ojos, pues la directora los tenía de un tono castaño oscuro.
—La directora. . ella es tu madre.
Un leve temblor recorrió su mandíbula, una señal inequí-voca de que estaba luchando por mantener el control de sus emociones. Pero no dijo nada, y dejó que la verdad cayera por su propio peso.
—Ahora entiendo por qué defiendes las atrocidades que ocurren en este lugar, eres igual que ellos —escupí las palabras con rabia.
—Yo no pienso como ella —refutó, y un rayo de esperanza se asomó en medio de la oscuridad, como si aún hubiera una 486
oportunidad para que las cosas tomaran un rumbo distinto—.
Mi madre quiere manteneros entre las paredes de este psiquiátrico porque cree que las personas como tú se os puede controlar, que ellos os pueden controlar. Pero yo pienso que sois un peligro allí donde vayáis.
Espera, ¿qué?
—¿Qué quieres decir? —pregunté, con las cejas fruncidas.
—Oh, vamos. Sé lo que le hiciste a Margot.
El aire se volvió espeso a mi alrededor.
—No sé de qué estás hablando
Lily esbozó una sonrisa que heló mi sangre.
—No te preocupes, puedo refrescarte la memoria.
—¿Qué le hiciste a Margot? —preguntó Adler.
—La mató —contestó Lily.
Ni siquiera pude mirar a Adler a los ojos.
Bajé la mirada y sentí cómo mis ojos ardían por las lágrimas que luchaban por salir, pero me resistía a dejarlas caer.
Mi corazón se retorcía con el dolor de una verdad que se negaba a aceptar. Era una realidad devastadora: yo había matado a Margot. Nolan trató de decírmelo, pero no le creí. Y aún sabiendo que era verdad, no podía asimilarlo por completo.
La culpabilidad invadía cada partícula de mi ser y pesaba co-mo una losa en el pecho.
"Ellos me. . me obligaron a hacerlo. Yo no. . no quería. ."
Esas fueron las últimas palabras de Margot, antes de que nos dejara. Y ahora cobraban sentido. La directora, la única que estaba al mando, tenía que haberla obligado a hacer todo lo que había estado haciendo conmigo. A provocarme, a irri-tarme, a sacar lo peor de mí. . Para que terminase sucediendo lo que sucedió. Y lo habían conseguido. Les había demostrado que, años más tarde, seguía siendo la misma chica que 487
mató a un guardia de seguridad de la misma manera.
—¿Realmente crees que puedes confiar en ella, Adler?
—Lily siguió hablando—. Después de todo lo que ha hecho, después de todas las vidas que ha arrebatado.
—¿Ha matado a más. . personas?
—Sí, a un hombre. Cuando tan solo tenía diez años. —Se estaba refiriendo al guardia de seguridad, al que vi en mis recuerdos—. Es una asesina, siempre lo ha sido. Y vivirá con e-so para el resto de su vida. Por eso no puedo permitirlo.
Antes de que pudiese comprender lo que estaba sucediendo, un fuerte empujón me sacudió con fuerza al tiempo en que escuchaba un sonido ensordecedor, haciendo que perdiera el equilibrio y cayera al suelo junto a Renata.
Un dolor agudo se disparó desde el muslo hasta el tobillo, recorriéndome como un latigazo que parecía retorcer mis músculos. Pero, aún así, eso no fue ni la mitad de doloroso cuando me giré para ver qué estaba pasando.
Adler estaba de pie, con la mirada perdida en el vacío, justo donde había estado yo apenas unos segundos. Un grito de horror se atascó en mi garganta cuando vi cómo comenzaba a extenderse lentamente una mancha en el pecho, tiñendo la sudadera gris que llevaba habitualmente de un rojo oscuro.
Adler se llevó la mano al pecho lentamente y sus facciones se llenaron de sorpresa cuando bajó la vista, observando sus manos manchadas de sangre.
El tiempo pareció ralentizarse a mi alrededor mientras la realidad se filtraba en mi mente, abrumándome con un horror paralizante. El sonido que había escuchado era el de un disparo, y la bala le había alcanzado a él.
Dios mío.
—¡Adler! —grité.
Cuando vi que se tambaleaba hacia atrás, me puse en pie 488
torpemente. Corrí hacia su lado justo cuando sus piernas cedieron, pero al doblarme en altura y peso no pude con él, y cuando cayó al suelo, yo caí con él.
Le sujeté la cabeza con mis manos temblorosas y la coloqué despacio en el frío suelo para impedir que se hiciese más daño. El terror me inundó sin poder apartar la mirada de la herida que amenazaba con arrebatarle la vida. La sangre brotaba implacablemente, dejando una mancha cada vez más grande y espesa.
Hice presión en la herida para detener la hemorragia, sintiendo el líquido caliente bajo mis manos.
—Vamos, aguanta. . —murmuré, tratando de infundirle fuerzas con mi voz temblorosa.
Lo único que escuchaba era mi pulso latiendo con fuerza en mis oídos. Las lágrimas nublaban mi visión, pero me obligué a mantener la concentración, a ignorar el miedo que amenazaba con bloquear cada músculo de mi cuerpo. Porque no podía dejarlo morir, no ahora que estaba a punto de conocer toda la verdad.
Merecía saber que yo llegué a conocer a su hermana, que estábamos más cerca de descubrir qué le pasó. Y pensar que se iría de este mundo sin saberlo, simplemente me destrozaba.
—¿Por qué lo has hecho? —inquirí con un nudo en la garganta, mientras las lágrimas empapaban mi rostro y la sangre mis manos.
Ese disparo tendría que haberlo recibido yo, y no él. A pesar de haber depositado toda su confianza en mí y descubrir que le había mentido, que había matado a Margot y a otro hombre con tan solo diez años. . a pesar de todo eso, quiso ponerse en mi lugar. Quiso protegerme.
Supongo que al menos él no había mentido sobre quién e-489
ra. Seguía siendo el mismo chico que conocí, dispuesto a sa-crificarse por quienes le importaba sin dudarlo. Y ahora estaba pagando el precio por mi culpa.
Mientras intentaba contener las lágrimas, mi mente se llenaba de recuerdos compartidos con Adler, de todas las conversaciones que tuvimos, donde se abrió a mí sin dudarlo. Todas las veces en que se ofreció a seguirme aunque pensara que mis ideas eran de lo más absurdas. Todas las veces en que lo necesitaba y estuvo ahí. Ahora, todo eso parecía tan frágil, tan lejano, tan efímero. .
—Prométeme una cosa. —Las palabras le salían atascadas por la garganta, tratando de llevar aire inútilmente a sus pulmones. Pero por el lugar de la herida, supe que la bala le había perforado uno de ellos.
Aguardé silencio, mordiéndome el labio inferior para contener otro sollozo.
—Si es verdad que eres. . investigadora privada, descubre qué le pasó. . a mi hermana. —Un hilillo de sangre se escapaba de sus labios, amenazando con ahogarle—. Sé que ella. .
no se suicidó. Simplemente. . lo sé.
Mierda, cómo dolía eso. Incluso en sus últimos instantes de vida, seguía teniendo a su hermana en la cabeza. No podía ni imaginarme pensar que tendría que averiguarlo sin él, que para ese entonces, él ya no estaría a mi lado.
—No, —Negué con la cabeza—: no lo digas como si no fueras a sobrevivir. Estarás ahí. Tienes que estar ahí cuando. .
Me corté a mí misma al sentir que colocaba su mano fría encima de la mía. Levanté la vista para encontrarme con su mirada, sorprendida por la sonrisa que había aparecido en su rostro por primera vez en mucho tiempo. Tuve que parpadear para disipar las lágrimas y ver con claridad lo que veía. Estaba sonriendo. Por primera vez, me mostró una sonrisa. Era 490
débil, pero real.
—Haz justícia. Por. . favor —me suplicó, y pude apreciar u-na lágrima resbalar por su mejilla.
Le costaba un mundo entero poder respirar, y a mí de algún modo también. Sentía mi garganta más comprimida, más cerrada, como si quisiera asfixiarme.
—Los dos, Adler. La haremos los dos —aseguré mientras intentaba detener el flujo de sangre con mis manos temblorosas. Pero era inútil, salía a caudales.
—Prométemelo —me rogó, aferrándose a mis palabras con la poca fuerza que le quedaba. Sus ojos se encontraron con los míos y odié ver esa mirada, como si supiera con certeza que iba a morir.
No quería hacerle esa promesa, no quería enfrentar lo que venía sin él a mi lado. Pero tampoco quería que se fuera sin habérselo prometido antes. Era como si necesitara escucharlo de mis propios labios.
—Lo haré, te lo prometo —susurré con certeza.
Asintió despacio, satisfecho.
—Lo siento. . —balbuceé entre sollozos, apenas capaz de articular las palabras mientras mi voz se quebraba por la angustia y el remordimiento—. Lo siento tanto, Adler.
—No lo sientas. —Su mano se apretó sobre la mía—. Está bien, lo. . entiendo. Entiendo tus razones.
Eso era todo lo que necesitaba escuchar en ese momento, y supongo que él lo sabía.
Sus dedos se aflojaron en los míos. Alcé la vista hacia su rostro con el miedo impregnado en mis venas, y pude ver có-mo esos preciosos ojos verdes se apagaban lentamente, co-mo una vela que se apaga en la oscuridad. Su pecho dejó de subir y bajar, ya no respiraba.