En la línea de fuego 480
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—Jamás usaría eso en tu contra.

—Entonces, ¿por qué estás aquí? —repitió, insistente.

—Tenía que encontrar pruebas que incriminaran a. . un paciente.

—Un paciente —repitió Lily con una risita burlona desde el otro extremo del pasillo, con la pistola todavía en alto—.

¿Por qué sigues ocultando cosas si ya has sido descubierta?

Inspiré aire en un intento inútil por aliviar la ansiedad de mi pecho, sabiendo que cada palabra que saliera de mi boca tendría consecuencias irreparables.

No podía decirle que estaba aquí por el asesino de su hermana. Si le decía eso después de haber visto cómo lo defen-día en la pelea que hubo entre ellos dos, ¿en qué lugar me pondría a mí? No podía arriesgarme a perderlo aún más.

Mis ojos se posaron en la chica rubia que había al final del pasillo con la rabia bullendo en mi interior.

—¿Por qué no te metes en tus asuntos, Lily?

—Porque no voy a permitir que mientas más —replicó con determinación.

—¿Acaso tú no has mentido? —contraataqué, alzando una ceja—. ¿Qué hay de la Lily que conocí hace unas semanas? La que se mostraba vulnerable y asustada en todo momento, la que odiaba socializar con las personas, la que temía siquiera coger un cuchillo de cocina, por no hablar de una pistola.

Los rasgos suaves y delicados que solían adornar su rostro estaban endurecidos, revelando una expresión de pura furia y desdén. Sus ojos azules, una vez cálidos y llenos de vi-da, ahora ardían con una intensidad gélida. Y sus labios, que solían curvarse en una sonrisa encantadora, tímida e inocente, se torcían en un gesto de desprecio, dejando al descubierto la punzante acumulación de ira que había estado oculta bajo su apariencia tranquila.