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—Sí, es cierto —admití, sintiendo el peso de la verdad en mis palabras—. Pero eso ahora no importa.
Y era la verdad. Nada de esto importaba, no después de todo lo que había descubierto. Mi verdadera identidad era el menor de los problemas en este psiquiátrico.
—¿Que no importa? —repitió Adler, incrédulo. Su rostro estaba enrojecido por la ira que crecía dentro de él, y sus ojos brillaban con furia contenida—. ¡Me has estado engañando durante todo este tiempo!
—No tenía otra opción, yo. .
Adler retrocedió un paso, como si yo desprendiera un calor que lo estaba quemando.
—¿Qué más me has estado ocultando? ¿Cuántas mentiras más hay?
—¡Nada! —salté, desesperada para que no cambiara de bando y se uniera a la desconfianza de Lily—. ¡Tienes que creerme!
—¿En serio a estas alturas me estás pidiendo eso?
Sentí el peso de su mirada sobre mí, acusadora y llena de decepción. Sabía que había perdido su confianza, que mi engaño había creado una brecha insalvable entre nosotros.
Tragué saliva con verdadero esfuerzo.
—Adler, por favor —le supliqué, mirándole fijamente a los ojos—. Sabes que no podía contarte quién era en realidad, mi trabajo no me lo permite.
—¿Por qué estás aquí? —inquirió con un tono cortante, el mismo tono que usaría con un completo desconocido—. ¿Pa-ra investigar casos como los de mi hermana y sacarme información? ¿Por eso te acercaste a mí?
Me dolía que pensara eso de mí, que creyera que de verdad sería capaz de hacer algo así.