En la línea de fuego 472
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Sus ojos se habían humedecido tanto que algunas lágrimas asomaban por sus ojos, listas para ser derramadas. Se mordió el labio inferior para ahogar un sollozo.

Sentí una inmensa necesidad de acariciar sus mejillas, sentir su piel bajo las yemas de mis dedos con tal de evitar que llorara. Joder, me moría por acariciarla. Pero no sería lo más apropiado en ese momento.

—Por supuesto que mereces saber la verdad, Jules. Y yo mismo te la contaré. Pero para eso necesito que confíes en mí, como lo hacías cuando eras pequeña.

—Desde entonces, hay muchas cosas que han cambiado

—sentenció con la barbilla en alto.

Detesté que eso me doliera tanto.

Permanecimos en silencio, mirándonos el uno al otro sin decir nada, pero a la vez diciéndonoslo todo.

—Hay un hombre en la ventana —dijo la niña con voz dulce e inocente.

Me giré hacia ella y la vi asomada en la ventana señalando a alguien. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda cuando vi una figura negra a unos metros de la ventana. No me hizo falta verlo de cerca para saber que era un guardia de seguridad, y que nos estaba apuntando directamente con su arma.

—¡Renata, aléjate de la ventana!

Anticipándome a lo que iba a ocurrir, me lancé hacia adelante, agarrando a la niña con fuerza y tirándola hacia atrás justo a tiempo para esquivar el brillo metálico de un disparo.

Volteé hacia Jules, rezando a todos los dioses que esa bala no le hubiese alcanzado a ella. Por suerte llegó a parar a la pared que tenía justo detrás.

Después, vinieron más disparos. Uno tras otro. Ni siquiera pude alzar la cabeza para asomarme a la ventana sin que una de esas balas impactara en mi cráneo. Jules se había agacha-473

do al pie de la cama más próxima, cubriéndose las orejas con las manos para amortiguar el sonido ensordecedor de las balas.

—¡Jules, cuando te diga, sal corriendo con la niña! —grité, intentando hacerme oír sobre el estruendo de los disparos.

—¿Y tú qué harás?

—¡Yo los distraeré!

—¿Cómo?

—¡Tú sólo haz lo que te digo!

Cuando los disparos cesaron, supe que era el momento.

—¡Ahora! ¡Corre! —grité, empujando un poco a la niña hacia ella.

Jules salió de su escondite y desapareció por la puerta con Renata agarrada de la mano.

JULES

Noté una extraña sensación de preocupación y vacío en mi pecho al dejar a Nolan en esa habitación.

Aunque todavía no confiara plenamente en él, al menos podía estar segura en una cosa, y es que lo conocía. Era un hecho innegable, pues mis recuerdos no podían mentir. Todo lo que recordaba era porque en algún momento sucedió. Pe-ro seguían sin encajarme algunas cosas, pues nunca me llegó a resultar familiar.

No sucedió lo mismo que me ocurrió con Adler o Matthew. Cuando los vi, supe de algún modo que esa no era la primera vez. Pero con Nolan no había tenido esa sensación. Y

por eso había una pequeña parte de mí que seguía desconfi-ando.