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—¿Por qué no debería llamarla?
Entreabrí los labios para responder, pero preferí no hacerlo.
Dirigí mi mirada de nuevo hacia la ventana, analizando los barrotes de metal. Estaban cubiertos de una capa gruesa de óxido, con algunos fragmentos desprendidos, revelando el metal corroído debajo. Serían lo suficientemente débiles co-mo para romperse.
—¿Por qué no debería llamar a la policía, Nolan? —repitió Jules de forma acusadora, cruzándose de brazos.
Seguí observando con precisión los barrotes, calculando la fuerza que necesitaría para derribarlos y que se convirtie-ra en una posible vía de escape. Estábamos en la primera planta, así que podríamos saltar sin problemas. Debía separarnos un metro del suelo.
—Te he hecho una pregunta. Y dos veces.
Solté un exasperado suspiro. Tratar de explicarle por qué no era una buena idea involucrar a las autoridades en esto requeriría más energía de la que tenía en ese momento. Cada vez tenía más preguntas, y nosotros menos tiempo para salir de aquí.
—Te lo explicaré todo, pero ahora no es el momento.
—Pues yo creo que es el mejor momento —respondió en un tono cortante—. Estoy a punto de huir por la ventana con una niña y un hombre que hasta entonces creía que era un asesino, y ahora me estás diciendo que no comprometa a la policía en todo esto. ¿No crees que es un poco sospechoso?
—La policía podría complicar las cosas más de lo que ya están.
—¿Se te olvida que soy investigadora privada? —añadió en un tono obvio—. Trabajo con ellos.
La miré fijamente, comprendiendo su perspectiva, pero 471
sabiendo muchas más cosas de las que ella podía entender en ese momento.
—Hay cosas que no puedes entender ahora mismo —me limité a decir.
—¡No puedo entenderlo porque no me estás diciendo na-da!
—Porque estoy tratando de mantenernos a salvo. Tienes que confiar en mí.
Jules soltó un bufido de incredulidad.
—¿Por qué debería confiar en ti cuando ni siquiera puedo entender tus razones?
Di un paso hacia ella, alejándome de la ventana.
—¡Porque me conoces! —exclamé, elevando la voz involuntariamente.
Parpadeó reiteradas veces, sin esperar mi reacción.
—Me conoces —repetí, suavizando el tono de voz. Con ella no podía ser rudo—. Estuve contigo en ese lugar, y me hicieron lo mismo que a ti.
La expresión de Jules se suavizó.
—¿Te sometieron a la silla eléctrica?
Asentí despacio.
—Pasé exactamente por lo mismo que tú. Me obligaron a mover cosas con la mente mediante descargas eléctricas dolorosas e interminables. Sé lo que es sentir tanto dolor hasta desear la muerte. Y no la de ellos, sino la tuya. Para simplemente dejar de sentir. Sé lo que es sentirte una mierda por no poder hacer lo que ellos querían que hicieras, por no superar las expectativas que tenían puestas en ti. Y desearía que no recordaras nada si incluso eso implica olvidarme a mí también, pero tu mente es asombrosa. Y gracias a eso te ha permitido recordar cosas, por muy dolorosas que sean.