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—¡Que no escapen! —ordenó la directora, en un grito furioso.
Los disparos comenzaron a sonar, pero la falta de visibilidad a causa del humo nos dieron una ventaja crucial. Ninguna bala nos alcanzó.
—¡Te dije que esperaras a que fuera a buscarte! —le dije a la niña, entre el ruido de los disparos.
—¡Es que estabas tardando demasiado!
La niña me condujo a través de pasillos oscuros y laberín-ticos, sorteando obstáculos con una destreza que sugería u-na familiaridad innata con el entorno. Se había escapado de su habitación cientos de veces, solo que nadie sospechaba de ella porque no conocían la habilidad que tenía.
Los muy ignorantes se pensaban que todos esos cortocircuitos eran a causa de una mala instalación eléctrica o simples fallos técnicos.
Finalmente, las escaleras se presentaron frente a nosotros. Comenzamos a subirlas de dos en dos, hasta que al fin dejamos atrás los sótanos y llegamos a la primera planta.
Nuestras esperanzas de libertad se vieron frustradas al encontrarnos con un enjambre de guardias bloqueando la única puerta de salida. Incluso con nuestras habilidades, en-frentarnos a esa cantidad de oponentes armados parecía una tarea casi imposible. Debían haberles advertido de que habíamos subido, porque era como si todos los guardias del psiquiátrico se hubiesen reunido en un mismo lugar.
Retrocedimos para adentrarnos en un pasillo y nos metimos en una habitación que encontramos vacía. La niña cerró la puerta detrás de nosotros mientras dejaba a Jules en la ca-ma. Me senté en el borde de ella para contemplarla.
Aparté con suavidad algunos mechones de su rostro. Sus largas pestañas descansaban sobre su piel, que había perdido 458
algo de color. A pesar de la palidez, su rostro conservaba esa luminosidad que había tenido desde pequeña. Cada rasgo, desde sus labios entreabiertos hasta la curva de sus mejillas, estaba impregnado de una delicadeza que me recordaba por qué me fijé en ella por primera vez.
Su cabello castaño caía en cascada sobre la almohada, en-marcando su rostro con una belleza natural que me dejaba sin aliento. Contemplarla así, vulnerable pero aún hermosa, reforzaba mi determinación de protegerla a toda costa. Cada fibra de mi ser ansiaba su bienestar.
—¿Qué le pasa? —preguntó la pequeña, observándola con preocupación.
Traté de pensar en algo para que lo entendiera.
—Está. . en un profundo sueño.
—¿Cómo La Bella Durmiente?
Sonreí al ver que había captado el mensaje. A su manera, claro.
—Sí, exacto.
—¡Pues dale un beso de amor verdadero!
La sonrisa se me borró de golpe. Abrí los ojos de par en par.
—¿Qué? ¡No!
—¿Por qué no? Así es como la despierta el príncipe.
—Bueno, sí, pero. . eso solo sucede en los cuentos de hadas.
—No es verdad. Los príncipes y las princesas existen, al igual que los reyes y las reinas.
—Sí, pero. .
—Tú la llamas princesa, y toda princesa necesita un príncipe —insistió ella, con una chispa demasiado traviesa en sus ojos para una simple cría de nueve años.