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JULES
Llevaba más de quince minutos esperando a que alguien entrara. Me habían sentado en esa silla metálica y, sin embargo, me habían dejado ahí sentada. Un rayo de esperanza cruzó mi mente al pensar que tal vez ese día no me harían daño.
Mi mirada se alzó hacia los tres hombres vestidos de blanco que acababan de entrar en la habitación. Mi corazón se detuvo en el instante en que vi que dos de ellos sostenían a Nolan. Tenía la cabeza agachada, por lo que solo podía ver ese pelo oscuro que me recordaba a las noches estrelladas.
—Hazlo —ordenó el hombre de pelo blanco.
Negué con la cabeza. Mis ojos ya se habían llenado de lágrimas, porque comprendí que no estaban aquí para hacerme da-ño a mí, sino a él. Y eso era mucho peor.
—Si no lo haces tú, lo haremos nosotros —insistió.
—¡No quiero hacerlo! —sollocé con una voz frágil y quebrada.
El hombre de pelo blanco que tanto odiaba se giró hacia los otros dos guardias. Ahogué un grito cuando uno de ellos le lanzó un puñetazo en las costillas, haciendo que Nolan se doblara por el dolor.
—¡Basta! —grité.
El siguiente puñetazo que le dieron en el mismo lugar fue tan fuerte que se escuchó el crujido de un hueso roto. Vi el rostro de sufrimiento de Nolan y la angustia se apoderó de mí.
Comencé a llorar desesperadamente.
—¡Parad! ¡No le hagáis daño!
—Hazlo —repitió el mismo hombre.
Sabía que si esos hombres seguían golpeándolo no pararían hasta romperle otro hueso, así que tenía que intentarlo a pesar 451
de no tener ni la más mínima idea de cómo lo hice la última vez.
Cuando maté al guardia, no pensaba hacerlo. Simplemente estaba furiosa, exhausta y rabiosa. Así que traté de sentirme así. Comencé a pensar en todas las cosas que provocaban una rabia inexplicable en mi interior, y canalicé todo ese sentimiento que había acumulado durante ese tiempo para hacer exactamente lo mismo que hice con ese guardia.
Cerré los ojos, concentrándome en la sangre que fluía por las venas de Nolan, y sentí una ligera presión en mi cabeza antes de que hacer sangrar su nariz.
Nolan dio un respingo, llevándose la mano instintivamente a la nariz, sorprendido pero sin sentir dolor. Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de asombro y confusión, mientras el líquido carmesí manaba por su rostro.
—Excelente —murmuró el del pelo blanco, pensativo. —No solo tiene la habilidad de provocar dolor, sino de no hacerlo.
—¿Insinúa que tiene algún tipo de control sobre el dolor que causa? —preguntó el hombre más mayor. Si no me equivocaba lo llamaba por el apellido James.
El hombre de pelo blanco asintió lentamente, sus ojos brillando con un brillo casi imperceptible.
—Le dije que era cuestión de tiempo descubrir su potencial.
—Sí, supongo que estaba equivocado con ella —admitió, evaluándome con su mirada—. Si le enseñamos a controlar y dominar completamente esa habilidad, será el arma más valiosa que tendremos.
NOLAN
Me incliné para cogerla de nuevo. Pasé un brazo por debajo 452
de sus rodillas y el otro por su espalda antes de levantarla del frío suelo. Sus temblores habían disminuido un poco, pero seguía estando muy débil.
—Déjala en su sitio. Ahora.
Cada músculo de mi cuerpo se tensó al oír esa voz femenina.
Me giré lentamente para encontrarme con la directora al final del pasillo. Estaba protegida por varios guardias. Aunque su figura era menuda en comparación con los robustos guardias que la rodeaban, emanaba una autoridad indiscutible.
—Este no es su sitio, y lo sabe.
La directora se adelantó con una seguridad palpable en cada paso, con esa mirada de superioridad fijada en mí. Así es como miraba a todos los pacientes del hospital, como si ella fuese un titiritero y nosotros sus simples marionetas, atados por hilos invisibles que solo ella podía controlar a su an-tojo.
—No tienes derecho a decidir su destino, Nolan —dijo la directora con voz calmada pero firme.
—Usted tampoco.
—Ella pertenece aquí, bajo nuestra custodia.
Mi mandíbula se tensó mientras sostenía su mirada con determinación.
—No permitiré que la retengan en contra de su voluntad.
No otra vez.
La directora arqueó una ceja, evaluándome con desdén.
—¿Y qué piensas hacer al respecto? —preguntó, con una sonrisa sutil que apenas ocultaba su desprecio.
—Lo que sea necesario para protegerla.
Los guardias a su alrededor se agitaron inquietos, pero la 453
directora mantuvo la compostura, como si estuviera acostumbrada a desafíos similares.
—¿Incluso si eso significa ponerte en peligro?
Asentí sin vacilar.
—Jules no es un experimento, ni un sujeto de prueba. Es una persona, y merece ser tratada como tal.
—Habláis incluso igual. —Soltó una risita condescendiente—. Es curioso, porque ella me dijo exactamente lo mismo de ti. Que eras uno de mis pacientes, y que tenías derecho a ser tratado como tal.
Mis ojos se entrecerraron sobre la mujer, pero me mantuve en silencio.
—Tus emociones te están cegando —añadió—. La chica que tienes ahora mismo en tus brazos es un peligro para la humanidad. Mató a una paciente de este psiquiátrico hace unas semanas sin siquiera tocarla, y lo sé porque yo misma le dije a esa chica que la provocara hasta que sacara toda la rabia que tiene en su interior. Solo así iba a asegurarme de que era la misma Jules que tuvimos en estas paredes hace años.
—Vosotros fuisteis los que provocasteis todo esto.
—Nadie la obligó a cometer ese acto. La violencia está arraigada en su naturaleza, solo estamos tratando de contenerla antes de que lastime a alguien más.
Mi mente giraba mientras absorbía sus palabras.
La conocía desde que éramos niños y, aunque sabía que había matado a ese guardia de seguridad y vi con mis propios ojos cómo me provocaba una hemorragia nasal, nunca la vi como una amenaza para otros.
—No sabe de lo que está hablando —respondí con voz entrecortada, luchando por mantener la calma.
—Lo sé mejor que tú, Nolan. Conozco cada detalle de su 454
historia, cada incidente que la ha llevado a este punto. Y es mi responsabilidad asegurarme de que no represente un peligro para sí misma o para los demás.
Desvié la mirada hacia Jules, que seguía con los ojos cerrados, susurrando palabras que no alcanzaba a oír. Supuse que aún seguía sumergida en sus recuerdos.
Solo de imaginármela en manos de esos hombres crueles, sometiéndola bajo esos experimentos inhumanos, hacía que la rabia bulliese en mi interior. No podía permitir que Jules volviera a ser sometida a la crueldad y la opresión de este lugar.
—Le propongo un trato. Dejad que ella se vaya, y a cambio me quedaré yo aquí, con vosotros.
La directora asintió, pero su gesto parecía más una con-cesión forzada que un acuerdo genuino. Sus ojos, fríos y calculadores, escudriñaron mi rostro con una mirada que dejaba entrever escepticismo.
—Un gesto muy valiente de tu parte —admitió—. Pero ya hicimos ese trato, ¿recuerdas? Y fue el peor error que pudimos cometer. Porque, créeme, ella es mucho más peligrosa que tú. Aunque tus habilidades destaquen sorprendentemente sobre la de los otros sujetos, su habilidad nunca antes había existido. Jules posee una habilidad que va más allá de lo que puedes imaginar.
—Habilidad —repetí, emitiendo una carcajada sarcástica—. No puede llamarlo don, ¿verdad? Porque fuisteis vosotros quienes la obligasteis a poseer esa dichosa habilidad.
Por ese mismo motivo no pueden responsabilizarla por algo que no eligió tener.
—Ahí te equivocas, Nolan. Siempre la ha tenido, solo que nosotros la hemos sacado. Y eso no cambia el hecho de que su capacidad es extraordinaria, y potencialmente peligrosa si 455
no se controla adecuadamente. Así que no me dejas otra opción.
Levantó la mano e hizo una señal con los dedos. Mi cuerpo se tensó de pies a cabeza, esperando cualquier señal, cualquier posible movimiento que hicieran a continuación.
Pero para mi sorpresa, ninguno de los guardias movió ni un solo músculo. Permanecieron inmóviles, apuntándonos con esas armas y sin ninguna intención de intervenir.
Estaba tan concentrado en ellos que fue demasiado tarde cuando escuché un fuerte ruido en el techo. La rejilla del conducto que había justo encima de nosotros se abrió de golpe, cayendo con un estruendo ensordecedor justo encima de mí.
Sentí un palpitante dolor al recibir todo el peso en uno de mis hombros. Perdí el equilibrio por el impacto repentino, y antes de que pudiera reaccionar, me encontré cayendo hacia atrás. Apenas tuve tiempo de proteger a Jules antes de que impactáramos contra él con un golpe sordo y doloroso.
Un grupo de guardias bajó por el conducto de ventilación, uno por uno, hasta que nos rodearon de cerca. Aunque fueran demasiados, podía con ellos. Pero no contra las armas que sostenían. Una bala de esas era capaz de sedarme y no despertarme en horas. Y aunque tenía habilidades suficientes para mover objetos de todo tipo, nunca había enfrentado la velocidad de una bala.
Miré hacia arriba, encontrándome con la mirada fría y triunfante de la directora, quien ahora se acercaba lentamente hacia mí, abriéndose paso entre los guardias.
—Si hubieses colaborado desde el principio, todo habría sido más sencillo. No solo te has puesto en peligro a ti mismo, sino también a ella.
Volteé hacia Jules, que seguía inconsciente en el suelo.