En la línea de fuego 448
64%

448

Los párpados luchaban por cerrarse y los músculos no respon-dían a mi pequeño cuerpo, pero era el miedo lo que hacía que me mantuviese despierta.

De pronto, la puerta de la habitación se abrió con un chi-rriante crujido metálico. Dos hombres vestidos de blanco entraron. Era el hombre de pelo blanco y el otro con el que siempre iba acompañado.

Mi mirada se llenó de terror y mi cuerpo empezó a temblar de miedo mientras luchaba por liberarme de las ataduras, pero era inútil.

El del pelo blanco se acercó dando grandes zancadas y me golpeó en la cara con fuerza. El dolor cortante y el sabor metálico de la sangre llenaron mi boca mientras mi cabeza se sacudía con el impacto.

—No te pases —dijo el otro hombre—. Es solo una niña.

Pero lo ignoró completamente y, con esa mirada despiada-da, me preguntó sin rodeos:

—¿Cómo lo hiciste?

—N-no lo sé —tartamudeé.

—¡No mientas!

—¡Es la verdad! ¡Lo juro!

Mis ojos se llenaron de rabia e impotencia al darme cuenta de que seguían sin creerme. Ya no sabía cómo demostrarlo.

Sin previo aviso, me agarró por el brazo, alzándome del suelo con esa facilidad con la que solían hacerlo.

—¡No! ¡Otra vez no! —grité, mi voz resonando por toda la silenciosa habitación.

Clavé mis pies en el suelo con determinación para evitar cruzar la puerta y llegar a ese lugar.

—¡No, por favor! ¡No, no!