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Sin embargo, por primera vez, el dolor no ocupó mi mente.
Estaba eclipsado por una emoción mucho más poderosa: la ira.
Quería que todos y cada uno de esos hombres pagaran por lo que me estaban haciendo, que sufrieran el mismo daño que me estaban provocando a mí. Ni siquiera les deseaba la muerte, porque consideraba que eso no era ni siquiera un castigo suficiente. Quería que experimentaran cada pizca de dolor, cada fracción de angustia que estaban infligiendo sobre mí.
Entonces, de repente, vi cómo al hombre comenzaba a bro-tarle sangre de la nariz. Se llevó la mano al hilillo de líquido carmesí que salía por uno de sus orificios y su ceño se frunció, confuso.
Segundos después, se desplomó al suelo sin vida.
Lo supe porque su pecho ya no subía ni bajaba, y sus ojos estaban clavados en el techo, pero no veía nada. Porque no había vida en ellos, estaban vacíos.
Los otros hombres se apresuraron a socorrerle, llevándoselo de la habitación. Sin embargo, el único que se quedó ahí de pie, plantado frente a mí, fue el del pelo blanco. Su expresión se volvió en una confusión absoluta que jamás había visto en ese hombre tan seguro, el mismo que no dudaba ni temía de nada.
Pero esa vez sí que vi miedo en sus ojos. Un miedo real. Porque, de alguna manera, supe que sabía lo que había ocurrido.
O, al menos, lo sospechaba.
NOLAN
La situación se estaba complicando más de lo previsto.
Era muy consciente de que me encontraría con guardias armados, teniendo en cuenta que estábamos en la planta 447
más protegida del psiquiátrico, pero ese no sería un impedimento para poder escapar. Solo que necesitaba la ayuda de ella, y no esperaba que fuera a recordarlo todo tan pronto.
—¡Suelta a la chica y pon las manos arriba! —ordenó uno de los guardias, apuntándome con su arma.
Miré a Jules y supe que no podía dejar que regresara en manos de esos hombres. Debía protegerla de este mundo cruel, y estaba dispuesto a hacer lo que fuera por conseguirlo.
—Vamos, princesa, despierta —susurré—. No puedo hacerlo sin ti.
JULES
Un resplandor cegador llenaba la habitación, como si estuviera directamente expuesta a la luz del sol. No había relojes en las paredes, ni ventanas que permitieran ver el exterior. No había nada que pudiese indicarme qué hora era.
Me dolían las muñecas tras haber hecho tanto esfuerzo por liberarme, pero había terminado siendo en vano. Esas cuerdas estaban demasiado bien atadas. Cada intento de moverme solo aumentaba la tensión en mi piel, así que al final decidí detenerme y apoyar la cabeza en la pared.
Me pregunté por qué me habían atado, pues no había forma de escapar de entre esas cuatro paredes. Lo único que se me ocurrió fue pensar que, tal vez, me tenían miedo. Si había sido capaz de hacerle eso a ese hombre, sería capaz de hacérselo a cualquiera que se interpusiera en mi camino.
El frío se calaba por mis huesos. Aproximé mis rodillas al pecho en busca de calor, pero seguía notando el frío y duro suelo. Mis pies estaban descalzos, y mis piernas descubiertas.