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Observé la expresión melancólica del chico y decidí que, en lugar de insistir en el tema, sería mejor intentar animarlo.
Con una sonrisa amable, le pregunté:
—¿Te gustaría dibujar algo que te haga feliz?
El chico volvió su mirada hacia mí. Con ese movimiento, unos mechones rebeldes se liberaron de su frente.
—Prueba a hacerlo —insistí—. Sienta bien.
—Es que. . yo. . no sé cómo dibujarlo —titubeó.
—¿Por qué? ¿Qué es?
—La música.
Oh, yo también la echaba de menos. Muchísimo.
—Todo se puede dibujar —alenté—. Esta es mi canción favorita, observa.
Elegí algunos colores y el chico me miró con suma atención mientras cogía otra hoja en blanco y empezaba a dar vida a la melodía que resonaba en mi memoria, trazando líneas y formas.
Una vez terminado, se lo mostré. Había dibujado mariposas de todos los colores en un cielo azul y despejado, como si estuvieran volando y dando espirales en el cielo.
—¿Sabrías adivinar qué canción es?
El chico arrugó su puntiaguda nariz, pensando en posibles canciones.
—¿Butterflies de Michael Jackson? —probó a decir.
Solté una carcajada, atrayendo la atención de otros niños.
Era extraño escucharnos reír en ese lugar tan serio y aburrido.
—¿Solo se te ha ocurrido esa? ¿En serio?
—¡Es que solo hay mariposas! ¡Es la única pista que tengo!
—se defendió.
Desvié la mirada hacia el dibujo y comprendí que era bas-428
tante complicado acertar solo con esos animalillos.
—Ya, puede que tengas razón. —Me rasqué la nuca.
—¿Cuál es?
—Happiness is a butterfly, de Lana del Rey.
—Tienes buen gusto.
Mi sonrisa se ensanchó, sintiéndome halagada. El chico también sonrió, como si el simple hecho de verme reír le con-tagiara la alegría.
El breve momento de risas se desvaneció cuando la irritan-te alarma sonó en toda la sala, recordándonos la realidad del lugar en el que estábamos. Cada uno tenía que regresar a sus habitaciones.
—No me has dicho cómo te llamas —comentó él, poniéndose en pie.
—Soy Jules.
El chico de pelo oscuro asintió antes de decirme su nombre:
—Nolan.
Cuando desperté, lo primero que sentí fue el frío y duro suelo bajo mi espalda. Me incorporé, dolorida, y al observar la habitación supe que ya no estaba en la enfermería. No había camas, muebles, ni nada más allá de las cuatro paredes y la puerta de metal. No tardé en reconocer ese claustrofóbico espacio.
Estaba en los sótanos del hospital, donde vi a Nolan y a los demás jóvenes.
«Nolan»
La sensación de miedo se arraigó hasta lo más profundo de mis huesos mientras la realidad se asentaba en mi mente.
Por primera vez, supe que no era un sueño lo que había teni-429
do, sino un recuerdo.
Un agudo pitido resonó en mi cabeza y me llevé las manos a las sienes para controlar el dolor. Cerré los ojos con fuerza y aparecieron en mi mente imágenes borrosas, voces distorsionadas y rostros que no identificaba. Era como si mi mente estuviera esforzándose por liberar más recuerdos.
Esperaba ansiosa a que llegara el día para verlo.
Era el único momento de la semana que se nos permitía juntarnos. Comencé a odiar a ese chico por una sola razón, y es que con él la aguja del reloj se movía demasiado deprisa en esa sala. Y yo quería aprovechar el tiempo al máximo. Las horas se convertían en minutos, y los minutos en segundos.
—¿Qué? —le pregunté un día, cuando me di cuenta de que me observaba fijamente.
—Me gustan tus ojos. Me recuerdan al mar.
Sonreí.
—A mí tu pelo. Me recuerdan a las noches estrelladas.
No sé cómo lo hice, pero lo conseguí. Al final se animó a dibujar conmigo, y juntos recreamos todo lo que recordábamos de nuestros pasados. Solía burlarme de él porque digamos que el dibujo no era su especialidad, pero trataba de hacerlo lo mejor posible.
No solo compartíamos recuerdos, sino también el anhelo de un mundo exterior lleno de colores y sonrisas que parecían desvanecerse en aquel lugar en el que los únicos colores que predominaban eran el blanco y el gris, y no había ni rastro de rostros alegres. Todo eran llantos y gritos.
Pero al parecer a esos hombres no les gustaba lo que hacíamos. Por alguna extraña razón, no querían que recordáramos 430
nada del exterior, y cuando se enteraron se llevaron a Nolan.
Estuve semanas sin verlo. El día que tocaba reunirme con los demás, él no aparecía. Y me pareció profundamente injusto que le privaran de ese momento, siendo la única pequeña libertad de la que podía disfrutar en ese lugar monótono y sombrío.
Un día cualquiera, estaba sentada justamente en la misma mesa donde había estado con Nolan, con la esperanza de que regresara y coloreáramos juntos de nuevo. Pero esta vez no estaba dibujando, me había dedicado únicamente a observar la mariposa de papel.
Días antes de que nos separaran me la regaló. Me dijo que la había aprendido a hacer sabiendo que mi canción favorita era la que le dije.
La contemplaba mientras pensaba en lo fascinante que era.
La manera en que se doblaba el papel, los pliegues meticulosos. . Todo revelaba el cuidado y la creatividad que él había invertido en aquel pequeño detalle. Solo para mí.
—Qué chula. ¿Cómo la has hecho?
Sobresaltada, me giré hacia mi derecha. Mis ojos se encontraron con una niña de cabello rubio sedoso y unos enormes ojos verdes. Tenía los labios rosados e iluminados por una cálida sonrisa.
—No la he hecho yo —aclaré—. Es un regalo de un amigo.
—¿Y cómo se consigue un amigo?
La forma en la que lo preguntó hizo que sonriera un poco, pues parecía que lo preguntaba en serio.
—Pues. . no lo sé. Los amigos pueden surgir de muchas formas.
—¿Cómo os hicistes amigos vosotros? —Mostraba interés genuino.