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Me giré hacia el origen de la voz, y descubrí a un chico mirando mi dibujo, curioso. Tenía el cabello tan oscuro que me recordó al cielo estrellado, cuando no había ni una sola nube esponjosa que lo cubriese.
Mis mejillas se encendieron de vergüenza y escondí rápidamente el sol con mis manos.
—Es que eso pretendía hacer.
—Mentirosa —dijo en un tono jueguetón.
Se sentó a mi lado.
—¿Qué estás dibujando?
—Un huerto. —Fue lo primero que se me ocurrió para justificar mi creación y seguir mi mentira.
El chico rió, y juro que su risa fue como una de esas ráfagas de aire fresco que tanto anhelaba. No solía escuchar a muchos niños reírse, pero su risa había parecido real, sincera.
—¿Qué te hace tanta gracia? —Fruncí el ceño.
—Lo mal que se te da mentir.
Solté un suspiro y cogí otros colores para seguir dibujando, tratando de ignorar al chico que tenía a mi lado. Tracé unas líneas marrones para dibujar el tronco de un árbol, y luego cogí el verde para decorar las ramas con hojas.
—¿Cómo sabes que los árboles son así?
—Porque los recuerdo. —Me encogí de hombros—. Desde la ventana de mi habitación se podía ver un árbol con manzanas rojas. No estoy segura, pero creo que pertenecía a mi vecino.
Porque siempre que trataba de coger una, venía corriendo con una escoba y tenía que acabar huyendo de él. Agitaba la escoba como si fuera un caballero medieval defendiendo su tesoro.
Mientras se lo explicaba, dibujé puntos rojos en las ramas de los árboles.
—¿Y qué más recuerdas fuera de aquí? —me preguntó el 426
chico con un brillo de curiosidad en los ojos.
Me detuve a pensar un momento, intentando rememorar fragmentos de mi vida antes de estar en ese lugar tan blanco y silencioso.
—Pues. . algunas cosas. Recuerdo el sonido del mar en las mañanas, cuando vivía cerca de la costa, la sensación de la hierba bajo mis pies descalzos mientras corría en el jardín de mi casa, y los domingos por la tarde, cuando mi abuela cocina-ba galletas y el aroma inundaba toda la casa. Pero no recuerdo su rostro, se ve. . borroso.
El chico pareció extrañado al escucharme.
—Es raro, no conozco a nadie de aquí que recuerde algo. Ni siquiera esos pequeños detalles.
Me giré hacia él para observarlo mejor. Parecía realmente extrañado.
—¿Y tú? ¿Qué recuerdas? —inquirí, queriendo compartir no sólo mis memorias, sino también descubrir las suyas.
El chico vaciló por un momento antes de responder.
—Recuerdo el sabor ácido de la limonada en verano, la bicicleta crujiendo bajo mis pedales mientras exploraba senderos.
También las risas de mis amigos cuando jugábamos en el parque. Pero a veces, los recuerdos se mezclan, y no estoy seguro de qué es real y qué es inventado.
—Pero, has dicho que no conocías a nadie que recordara al-go —le recordé, como si se estuviese contradiciendo.
—Nadie más que no fuese yo.
—¿Y tú te acuerdas de esos amigos que has mencionado?
Negó con la cabeza y desvió la mirada hacia otro lado, como si eso lo entristeciera. Era triste pensar que las personas a las que tanto habías querido seguían ahí, en alguna parte, pero no podías recordarlas.