En la línea de fuego 423
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—Has cometido un grave error viniendo aquí —comentó con un tono neutro.

Tragué saliva con fuerza, tratando de hidratar mi garganta seca y áspera.

Mi atención se desvió por un instante cuando escuché el peculiar sonido de los monitores médicos mezclándose con el tenso silencio. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que estaba exactamente en el mismo lugar al que desperté cuando fingieron que me había dado ese golpe en las duchas.

La enfermería del psiquiátrico.

—Si sabéis quién soy, ¿por qué no me habéis enviado ya a la policía?

Pensé que era más que evidente; porque era una prueba tangible de lo que no querían que saliera a la luz. Si tenían que lidiar conmigo por medios legales, iban a salir perjudica-dos.

Sin embargo, la respuesta que vino después no fue la que esperaba:

—Porque tu llegada fue como un regalo para nosotros.

Una sonrisa intencionada tiró de las comisuras de sus labios.

Antes de que tuviese la oportunidad de preguntar al respecto, dio media vuelta y supe que su intención era dar por finalizada la conversación. Pero yo no estaba dispuesta a quedarme sin respuestas, no ahora que había llegado hasta aquí.

Con la mirada clavada en la directora, me levanté apresuradamente con la intención de llegar a la puerta antes de que se cerrara. Sin embargo, un repentino latigazo de dolor recorrió mi pierna izquierda cuando la apoyé en el suelo, recordándome la herida de bala que aún estaba en proceso de curación. Mis rodillas cedieron, y caí al suelo con un es-424

truendoso golpe.

Podía haberme levantado, aporrear la puerta hasta que alguien me escuchara y la abriera. Pero no lo hice. Permanecí en el frío y duro suelo, ignorando el mordaz dolor que sentía en mi muslo y el vacío que se apoderaba de cada partícula de mi ser. Llevé mis rodillas al pecho hasta hacerme un ovillo y cerré los ojos, como si al hacerlo pudiera escapar temporalmente de la realidad que me rodeaba.

* * *

Mis ojos recorrieron la sala en la que estaba. Era blanca, impecable y silenciosa, con una luz suave que bañaba cada rincón. Siempre me había parecido aburrida, no había nada de color, ni ventanas para poder ver el exterior. Pero sin duda era mi lugar favorito, porque al menos allí no estaba sola.

Me encontraba con más niños. Algunos jugaban con los únicos juguetes que disponíamos, y otros preferían pasar el tiempo aislándose de los demás. Me pregunté por qué no apro-vechaban la oportunidad de disfrutar un poco, si solo nos dejaban ir a esa sala una vez a la semana.

Desvié de nuevo la mirada hacia la mesa en la que estaba sentada y seguí dibujando en el papel. Había optado por coger lápices de colores y pintar en la hoja en blanco. Así es como pasaba el tiempo yo en esa sala, dibujando.

Cogí el lápiz de color amarillo y pinté un sol radiante en u-na esquina de la hoja, imaginando los colores que solían existir fuera de esas paredes. Recordaba vagamente el tono verde de los campos, el tono azul del mar, el tono rosa de las flores en primavera, el tono plateado de la luna, el tono celeste del cielo en un día despejado. .

—Ese sol parece una patata.