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Tal vez creerás que sentí un miedo inexplicable al escuchar mi verdadero nombre, que mi cuerpo enteró se paralizó y que el aire a mi alrededor se volvió opresivo hasta tal punto de cortarme la respiración. Y hubiese sido lo normal, teniendo en cuenta que ahora tenía que enfrentar las consecuencias que temía desde el principio.
Pero lo cierto es que no fue así.
Ya no me asustaba la idea de perder algo, porque lo había perdido todo. Acepté este caso con la esperanza de salvar a mi padre, y ahora estaba muerto. Ya no importaba nada. Porque perder mi trabajo no iba a ser ni la mitad de doloroso que enfrentar la realidad de que mi padre ya no estaría ahí en cuanto saliera. Y aunque al final consiguiera resolver este caso, su ausencia había creado un vacío tan grande en mi vi-da que ningún logro profesional podría llenar jamás.
La directora seguía mirándome fijamente, analizando mi reacción. Pero no hubo ninguna, y eso la desconcertó aún más.