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—Se la han llevado.
Me miró con una desesperación que crecía cada vez más en su interior, y ese chico seguro al que había visto minutos antes, pareció desvanecerse ante la notícia.
—¿Quiénes?
—Los del psiquiátrico.
La postura del chico se volvió rígida cuando vio el charco de sangre que había en el suelo y comprendió que era de su amiga. Clarke debía ser una persona bastante importante pa-ra él.
Sin perder tiempo, el joven acercó la radio que reposaba en su pecho y habló con celeridad.
—Aquí el oficial Baker. Solicito permiso para entrar en el hospital psiquiátrico Henninger. Necesito refuerzos y una ambulancia. La situación es crítica, repito, la situación es crítica.
Se volvió hacia mí y decretó:
—Y ahora vas a contarme todo lo que sabes de ese psiquiátrico.
JULES
Abrí los ojos lentamente, sintiendo una luz intensa que perforaba mi visión. Todo a mi alrededor era blanco, tan blanco que me costaba distinguir dónde estaba.
Mi cuerpo se sentía pesado, como si estuviera anclada a la cama en la que me encontraba. La blancura de las paredes me hacía parpadear varias veces, tratando de acostumbrar-me a la luminosidad abrumadora.
Al intentar moverme, el dolor no tardó en hacerse presente. Una punzada aguda recorrió mi pierna, y sentí el pulso 421
palpitar con intensidad en la zona de la herida.
Fue gracias a eso que recordé el momento exacto en el que sentí esa bala incrustarse en mi piel, a Amelia huir ante mi petición y a los guardias sujetándome para llevarme de vuelta al psiquiátrico. Pero en algún punto debí desmayarme, porque no recordaba cómo había llegado hasta aquí.
Traté de incorporarme de nuevo, pero mi cuerpo protestó en respuesta. La pierna seguía doliéndome, como un recordatorio constante de lo que sucedió.
Entonces escuché cómo alguien abría la puerta. La habitación blanca se estabilizó un poco, y pude distinguir la presencia de una persona que se acercaba hacia mí.
—¿Dónde estoy? —pregunté con voz débil.
La figura que se acercaba se hizo más clara a medida que mi visión se ajustaba a la intensidad de la luz. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo al reconocerla.
—Creo que deberíamos presentarnos de nuevo —dijo ella.
La directora me miró con una sonrisa condescendiente antes de añadir:
—Bienvenida al hospital Henninger, Jules.