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Desvió la mirada hacia la herida, y su rostro se llenó de horror al ver la sangre que empapaba mi pantalón.
—Amelia, tienes que. . irte.
Ella negó con la cabeza, incapaz de apartar la vista de la herida.
—Voy a conseguir ayuda, ¿vale? —dijo finalmente, mirándome con determinación—. No te muevas, aguanta.
—No, no puedes. . volver. Aléjate todo lo que. . puedas
—mascullé con dificultad, sintiendo la quemazón del dolor—.
Encuentra la carretera principal. . y espera a que aparezca. .
el coche de patrulla.
—Podemos escapar juntas.
—No te pases de optimista. —Sonreí un poco, pero estaba convencida que se asemejó más bien a una mueca distorsionada por el dolor.
Amelia parecía aterrorizada. Miraba a ambos lados, tratando de discernir de dónde había venido el disparo.
—¡No pienso dejarte aquí sola!
Giré mi cabeza cuando escuché las botas de los guardias crujir bajo las ramas.
—Si nos atrapan a las dos, nadie podrá ayudarnos.
Muy a su pesar, sabía que tenía razón.
—Pero. .
—¡Lárgate, ahora! —insistí, furiosa y dolorida a partes iguales.
Me miró una última vez con los ojos empapados de lágrimas antes de levantarse rápidamente y correr en busca de ayuda. La vi desaparecer, esperando que al menos ella pudiera llegar a un lugar seguro y dar aviso a las autoridades.
Cubrí la herida con mis manos e hice presión en ella, pero no lograba detener la hemorragia. La sangre se escapaba en-415
tre mis dedos, manchando mis manos. Comprendí entonces que no habían usado esas cápsulas sedantes, sino balas normales. Supongo que fuera de las instalaciones no las utiliza-ban por precaución.
Muy inteligentes.
—Buscad a la otra chica —escuché a mis espaldas esa voz femenina tan reconocible.
Tres guardias pasaron junto a mí, dirigiéndose hacia donde se había ido Amelia.
La directa apareció en mi campo de visión junto a más guardias armados. A su lado estaba Marlon con una sonrisa burlona, como si disfrutara viéndome herida y vulnerable.
—Sé todo lo que hacéis en este psiquiátrico —mascullé, mirándola fijamente.
—¿Sí? —La directora ladeó la cabeza—. ¿Y qué es lo que hacemos?
Una carcajada irónica se escapó de mi garganta.
—Ni siquiera sé por dónde empezar.
—Estaré encantada de oírlo.
Todavía en el suelo, elevé el mentón con osadía. Aunque mi cuerpo estaba débil, mi mirada reflejaba un destello de desafío, como si tuviera el poder en ese momento. O, al menos, eso quería transmitir.
—Cuando vi el laboratorio que tenéis en el sótano, me hicisteis creer que se trataba de la conmoción cerebral producida por un golpe. Pero ese golpe jamás se produjo, ¿verdad?
La directora me miró con suspicacia, pero no lo negó. Supongo que ya no tenía sentido hacerlo. Así que continué con mis suposiciones.
—Después comprendí por qué Beth, Maya y Adler no recordaban nada de ese día si estaban conmigo. Usáis balas se-416
dantes para dejar inconscientes a las personas, y después les borráis la memoria. Tal y como hicisteis con ellos.
El dolor en la pierna me palpitaba.
—¿No crees que todo esto es simplemente fruto de tu imaginación desbocada?
La ira ardía en mi interior.
—Ya no funciona la estrategia de hacerme quedar como a una maldita loca, así que déjese de tonterías.
Mientras sentía la pérdida de sangre debilitándome, me negué a mostrar miedo. Sabía que mi resistencia estaba desafiando su autoridad, y eso les molestaba.
—Eres valiente, Clarke. Pero la valentía no siempre garantiza la victoria. Y ahora, es hora de que enfrentes las consecuencias de tus acciones.
Levantó la mano y dio una señal a los guardias. Estos se acercaron y me sujetaron, levantándome del suelo con brusquedad. Grité de dolor al sentir la presión en mi pierna herida.
—Llevadla de vuelta. Y aseguraos de que esté bien vigilada esta vez.
AMELIA
Corrí tanto como mis piernas me permitían, dando enormes zancadas mientras esquivaba raíces de árboles, arbustos tupidos que se cerraban en mi camino y piedras que asomaban amenazantes en el suelo del bosque. El corazón me latía con fuerza en el pecho, impulsado por el miedo y la urgencia de conseguir ayuda para Clarke. Su voz aún resonaba en mi mente, pidiéndome que me alejara y buscara ayuda.
Al llegar a la carretera principal, busqué con ansias algún 417
rastro de un coche de patrulla. Miré hacia ambos lados, pero la carretera estaba desierta. La desesperación creció en mí mientras pensaba en cómo podría alertar a las autoridades lo más rápido posible.
Fue entonces cuando escuché el sonido de un motor a lo lejos. Giré la cabeza y vi las luces intermitentes de un vehículo que se acercaba. Sin dudar, levanté la mano y agité los brazos para llamar su atención.
A medida que se acercaba, me di cuenta de que no era un coche policial, sino una furgoneta oscura con los cristales tintados. Pero cualquier ayuda era válida.
Un suspiro de alivio escapó de mis labios mientras veía cómo se detenía a pocos metros de mí. Rodeé el capó y esperé a que el conductor saliera del vehículo.
—¡Mi amiga está herida! ¡Tenéis que ayudarla, por favor!
La puerta del conductor se abrió al mismo tiempo que las puertas traseras y aparecieron tres hombres con un traje negro que al instante reconocí.
Eran los mismos hombres que secuestraron a las chicas.
—No te preocupes por tu amiga —dijo uno de los hombres, sonriendo de manera poco amistosa—. Ya nos encarga-remos de ella. Pero tú te vienes con nosotros.
La sensación inicial de alivio se desvaneció abruptamente para dar paso a un repentino y abrumador pánico.
Intenté retroceder, pero los hombres se cerraron alrededor de mí. Mis músculos se tensaron, paralizándome por completo.
—¿Qué habéis hecho con las demás? —pregunté con voz trémula.
Ninguno me contestó. Las risas burlonas resonaron a mi alrededor, mientras los hombres continuaban cerrándose en círculo.