En la línea de fuego 409
59%

409

—Es seguro —aseguré, tratando de infundirle confianza desde ahí abajo.

Ella tragó saliva con fuerza, como si quisiera tragarse el miedo, e hizo exactamente lo mismo que yo, descendiendo por el tubo. De esta forma, pudimos bajar de manera más controlada y segura. Deslizamos lentamente nuestros cuerpos por la tubería, sintiendo cada vibración metálica.

Por fin alcanzamos el suelo, y nos desprendimos de la tubería con alivio. El ruido del viento disminuyó y la presión en mis oídos se alivió momentáneamente, al igual que el trote de mi corazón.

—Es buen momento para llamar a la policía, ¿no crees?

—sugirió Amelia con un toque de humor.

Observé nuestro entorno. Estábamos en la parte trasera del hospital, y más allá de nuestra posición, se alzaba la muralla que separaba la edificación del exterior. Aún no estábamos a salvo.

—Hay que encontrar un lugar seguro para hacerlo —respondí.

Amelia siguió mi mirada hacia la muralla.

—No pretenderás que nos escapemos otra vez, ¿no?

—Cuanto más lejos estemos de este psiquiátrico, mejor.

—¿Y si nos descubren? ¿Qué castigo crees que nos im-pondrá la directora si. .?

—Amelia, no vamos a volver —afirmé con decisión—. Así que olvídate de la directora.

—Pero, ¿qué voy a decirles a mi familia? ¿Cómo voy a explicarles que. .?

—¿Es que no lo entiendes? —espeté, mirándola fijamente con incredulidad—. Si volvemos, estaremos en peligro. Tú has visto lo mismo que yo. ¡Están sedando a las personas y 410

metiéndolas en habitaciones donde deben dormir en el maldito suelo! Esto debe saberlo la policía y la gente de fuera.

Hay que poner fin a todo esto.

—¿Y qué hay de las otras chicas? De Maya, Daniela, Emily, Olivia. .

—Sabemos que llegaron al hospital, ¿no? Pues entonces siguen aquí. Pero nosotras no podremos hacer nada, necesi-taremos ayuda para salvar no solo a las chicas, sino a todos los pacientes.

Un suspiro escapó de los labios de Amelia, pero por lo menos asintió y me siguió sin protestar. Cruzamos la extensión de hierba y tierra que rodeaba la edificación hasta llegar a la muralla.

—No creo que podamos escalar eso —murmuró Amelia, observándola.

—Mide tres metros, no diez. Claro que podemos escalarla.

—¿Puedes dejar de ser tan optimista? —protestó, volteando los ojos.

Caminé a lo largo de la muralla, escudriñando en busca de una abertura o saliente que nos permitiera cruzar al exterior.

—Aquí. —Detuve mis pasos—. Hay un pequeño espacio entre las rocas. Podemos meter un pie e impulsarnos. Quizás a-sí llegamos hasta arriba.

—¡Allí! ¡En la muralla! —oímos a nuestras espaldas.

Miramos rápidamente hacia atrás y vimos un grupo de guardias armados que venía de camino hacia nosotras.

No teníamos muchas opciones, así que decidimos intentarlo. Primero lo hizo Amelia. Con cautela, se acercó al estrecho espacio entre las rocas. Tal y como le dije, apoyó un pie en él y logró impulsarse lo suficiente como para agarrarse al borde superior de la muralla.