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Se escabulló por la pequeña ventana y quedó de piedra al ver la altura que nos separaba del suelo.
—¡Hay una tubería! —grité, señalando hacia ella. El aullido del viento resonaba en mis oídos—. ¡Hay que llegar hasta ella!
¡Agárrate bien a los bordes!
Amelia asintió y se unió a mí en la estrecha plataforma.
Sin embargo, se giró una última vez para observar el interior del almacén y murmuró, pasmada:
—Tenías razón. Esas balas son sedantes.
Tomé aire por la nariz y lo solté lentamente por la boca, obligándome a respirar pausadamente para que el ritmo de mi corazón volviera a la normalidad. No tenía miedo a las alturas, pero sí a morir. Y si resbalaba, ya me podía dar por muerta.
Comencé a mover los pies con pasos pequeños y precisos.
El viento rugía a mi alrededor, y el frío penetrante ralentizaba mis movimientos. Mis ojos estaban fijos en la tubería metálica, la cual representaba nuestra única oportunidad para descender de forma segura.
Amelia y yo nos movíamos con cautela, aferrándonos a los bordes de la plataforma para mantener el equilibrio, pues el viento azotaba con fuerza, haciéndonos tambalear en la estrecha pasarela.
Finalmente, llegamos a la altura de la tubería y nos agachamos para agarrarnos a ella. Sentí el frío del metal en mis manos, pero la firmeza de la superficie me dio un atisbo de seguridad.
Me aseguré de que fuera estable antes de enroscar mis piernas al conducto. Mi cuerpo se deslizó hacia el siguiente saliente. Me detuve un segundo para mirar a Amelia, quien parecía haber perdido el color en su rostro desde que vio las alturas.