En la línea de fuego 406
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Comenzamos a empujar la estantería con todas nuestras fuerzas, pero apenas logramos moverla unos centímetros. No era suficiente, a este paso los guardias ya entrarían.

—¡Más fuerte! —grité.

Amelia me obedeció y puso todo de su parte, clavando los pies en el suelo mientras la pesada estructura se deslizaba por el suelo. La estantería avanzaba lentamente, pero cada centímetro ganado nos acercaba a encontrar una alternativa para salir de allí.

Nos detuvimos inconscientemente cuando oímos la rendija ceder. El miedo se instaló en lo más profundo de mis huesos cuando vi a los guardias deslizándose por la abertura.

Ya estaban dentro.

—¡Vamos! ¡Solo un poco más! —grité, aunque el aliento escapaba de mis pulmones con cada palabra.

En un último intento, usamos todo nuestro cuerpo para moverla. Nuestros dedos se apretaban con fuerza alrededor de los bordes de la estantería. Con esfuerzo conjunto, conseguimos desplazarla lo suficiente para descubrir la pequeña ventana.

—La ostia —murmuró Amelia, observando la pequeña abertura con fascinación.

De un salto, pude alcanzar el borde de la ventana y me impulsé hacia arriba. Empujé la manilla y la ventana se abrió en un crujido, como si hiciese tiempo que nadie la abría.

El viento frío se instaló en mi cuerpo al tiempo en que me asomaba. Al hacerlo, observé el vacío bajo mis pies y sentí una oleada de vértigo. Estábamos probablemente a más de veinte metros de altura. No había nada a lo que pudiéramos agarrarnos directamente, tan solo podíamos aprovechar la infraestructura del propio edificio.

Sin dudar, me dejé caer hacia la saliente que sobresalía li-407

geramente de la pared, apoyando los pies en ella.

Un estruendo retumbó a mis espaldas, obligándome a volver la vista hacia el almacén. La puerta había cedido por completo, y los otros guardias irrumpieron en el almacén.

—¡Date prisa, Amelia!

Le agarré el brazo para ayudarla a subir más rápido, pero apenas había metido la mitad de su cuerpo, noté que algo tiraba con fuerza de ella, impidiendo que subiera más.

Un guardia la tenía cogida por uno de sus tobillos.

Amelia comenzó a gritar desesperadamente, tratando de zafarse de él.

No iba a dejar que se la llevaran, porque la última vez que se llevaron a Beth, algo hicieron con ella. Y no podía permitir que hiciesen lo mismo con Amelia.

—¡Clarke, ayúdame! —gritó ella, su rostro reflejando el más puro pánico.

El guardia me superaba en fuerza, por no decir que los demás no tardarían en ayudar a su compañero, así que tenía que buscar otra alternativa.

Con las manos temblorosas, busqué frenéticamente en mi bolsillo y saqué el sedante que llevaba conmigo.

—¡Clávaselo en el cuello! —le ordené, sin estar segura de los efectos que tendría.

Yo no podía hacerlo, desde fuera no alcanzaba al guardia.

Además, no podía moverme. Si hacía un paso en falso, iría directa al vacío. Tenía que intentar mantener la vista al frente y concentrarme en no poner los pies en un sitio erróneo.

Amelia soltó una de sus manos para agarrar la bala afilada y, sin pensarlo dos veces, se inclinó hacia adelante y se lo clavó en el cuello del guardia. Él soltó un grito de dolor, y ella aprovechó el momento para liberarse.