En la línea de fuego 402
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De todos los pacientes que había ingresados en este lugar, tenía que sonar justamente su móvil.

—Al fin ese chico resultará útil —se limitó a decir Amelia, antes de empezar a indagar entre sus cosas. Al apartar algunos objetos personales, descubrimos un móvil que parpadeaba con vida, mostrando la pantalla iluminada—. ¡Funciona!

Sostuve el móvil con cuidado y me fijé en que tenía muy poca batería. Sin embargo, en la pantalla indicaba que se estaba cargando, como si estuviese conectado a una fuente de corriente. Una expresión de desconcierto cruzó mi rostro al comprobar que no estaba enchufado a ningún lugar visible.

Deslizando mi dedo por la pantalla, la desbloqueé sin necesidad de introducir ninguna contraseña. Al revisar las noti-ficaciones, descubrí que no había ninguna. Nadie había enviado un mensaje. Era como si el móvil hubiese sonado sin motivo aparente, pero no podía detenerme a pensar en eso ahora.

Fue entonces cuando mi atención se posó en el ícono de la galería. Aunque sabía que husmear en las pertenencias de alguien fallecido no era apropiado, una corazonada me llevó a hacer clic en ese ícono.

Dentro de la galería, descubrí varias imágenes que captu-raban momentos aparentemente cotidianos: selfies, fotografías de lugares y paisajes. Pero mi mirada se detuvo en una imagen en particular.

Dos chicos idénticos se abrazaban sonrientes, mostrando sus dientes de leche. Tenían el mismo pelo castaño y rizado, e incluso las pecas decoraban de manera idéntica sus mejillas y narices respingonas. No debían tener más de seis años.

Sus rostros irradiaban una juventud llena de vida y felicidad, una imagen que contrastaba con el trágico destino que les acabó deparando.