En la línea de fuego 401
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—Tiene que haber alguno que funcione.

—Odio a la gente optimista —se quejó.

—Qué ataque más gratuito.

—Lo siento, es que. . ¡Este mundo no es de color rosa! Es más como un tono gris con manchurrones negros. Y los optimistas os creéis que por pintar vuestras propias pinceladas de color vais a cambiar este mundo de mierda.

Traté de esconder mi sonrisa, pero fue bastante notoria.

—¿Por qué estás sonriendo? —preguntó, confusa.

—Me recuerdas a ella.

—¿A quién?

—A la chica de la que te he hablado —le refresqué la memoria.

—Oh, la que la palmó y luego resucitó.

Sí, definitivamente era igualita a ella.

—Siempre tenía una respuesta sarcástica para todo. En situaciones así, ella diría lo mismo.

—¿Y era tan optimista como tú? Porque, entonces, no so-portaría que. .

Una notificación de teléfono clara y distintiva resonó en el aire. Ambas nos miramos al instante, intercambiando una mirada esperanzadora.

Amelia enfocó la linterna hacia la estantería que teníamos detrás.

—Ha venido de esa bandeja —aseguró, señalándola con la cabeza.

Nos acercamos a ella y, en cuanto leí la etiqueta de la respectiva bandeja, pensé que había una jodida cámara oculta y querían grabar mi reacción.

—¿De Matthew Adams? ¿En serio?