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—Ni siquiera sé si existe tal cosa, pero es una opción
—respondí—. Tal vez todo lo que vimos aquella noche es real, y ellos no querían que lo descubriéramos.
—¿Qué visteis?
—Parecía un laboratorio.
—¿Aquí? ¿En el psiquiátrico?
—Sí. Está oculto en los sótanos.
—Vale, definitivamente hay que llamar a la policía —murmuró—. Pero, aún así, ¿cómo van a creernos si no tenemos pruebas de nada?
—No harán falta.
Antes de que pudiese decir nada al respecto, agregué:
—Llamaremos a un amigo que es policía. Y él va a creerme sin pruebas, porque me prometió que, si pasaba cualquier cosa, me sacaría de aquí. Y ha llegado el momento.
* * *
Bajamos del conducto despacio y comenzamos a avanzar por el almacén a paso silencioso.
Teníamos que encontrar entre las pertenencias de los pacientes un móvil para contactar con alguien de fuera. Les in-formaríamos sobre la situación en el hospital y esperaríamos a que vinieran.
Fácil, ¿verdad?
Pues bien, la tarea no resultó tan sencilla. Resulta que todos los móviles que encontrábamos en las bandejas estaban apagados, no tenían batería y, si funcionaban, iban con contraseña, por lo que no podíamos acceder a ellos.
—Esto está resultando más difícil de lo que pensaba —comentó Amelia, dejando escapar un suspiro de frustración.