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La recogí del suelo y la metí en el bolsillo antes de seguir corriendo.
A lo lejos, distinguí la entrada de la bodega. Era el único lugar al que podíamos escondernos. Corrimos hacia ella y, sin dudarlo, nos adentramos en la penumbra, ocultándonos entre los barriles, con el sonido de los disparos aún resonando en el exterior.
El olor a humedad y madera vieja llenaba el aire mientras nos agachábamos, tratando de controlar nuestra respiración acelerada. Oímos cómo los guardias pasaban de largo, pensando que habíamos seguido por el pasillo.
—¿Soy la única. . que se pregunta. . qué hace una bodega. .
en un. . psiquiátrico? —cuestionó, sofocada de tanto correr.
Metí la mano en el bolsillo y saqué la bala.
La observé detenidamente entre mis dedos mientras cogía la linterna y enfocaba la luz. Era una especie de cápsula puntiaguda para perforar la piel que tenía un contenido azul en su interior. La sustancia líquida de un tono cerúleo intenso brillaba de manera extraña a la luz de la linterna.
—¿Qué es eso? —preguntó Amelia.
—No parece una bala normal.
Entonces mi mente viajó hacia la noche que vi morir a Beth, esa noche que todo el mundo me hacía creer que no e-ra real. Incluso yo misma.
Pero, ¿y si lo era?
Recuerdo que Beth se desplomó en el suelo cuando una de esas balas la alcanzó, pero jamás llegué a ver sangre brotando de su herida. Porque tal vez no era una bala lo que la alcanzó, sino una de estas cápsulas.
No tenía certeza sobre el efecto que causaban, pero al recordar cómo afectó a Beth, supe que eso no te mataba, sino que te sedaba. Y cabía la posibilidad de que, tal vez, esa cosa 397
también manipulara los recuerdos.
Eso explicaría por qué Beth seguía viva, y por qué no recordaba nada de esa noche.
Joder, no estaba loca. Lo que vi era real, todo era real.
Y eso lo cambiaba todo.