En la línea de fuego 394
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Ella nos miraba a los dos sin entender absolutamente na-da, pero asintió y comenzó a pasearse por el pasillo, observando curiosa el interior de las otras habitaciones.

Nolan se acercó un poco más hasta que estuvo demasiado cerca de mí. Si no fuese por la puerta de metal que nos separaba, mi pobre corazón no hubiese soportado la proximidad.

—¿Has estado aquí todo este tiempo? —le pregunté.

Él asintió y mi estómago se encogió.

—¿Y qué es este lugar? ¿Por qué os tienen a vosotros apartados del resto?

—Porque somos diferentes.

—Es decir, ¿más peligrosos?

—Algo así.

Entreabrí los labios para seguir hablando, pero apenas iba a hacerlo cuando dijo:

—Jules, tienes que irte del hospital.

—¿Qué? ¿Por qué?

Tensó la mandíbula.

—Te han descubierto. Saben quién eres.

Justo después de decir eso, una alarma estridente resonó en el aire y las luces del pasillo se tiñeron de rojo, titilando de manera frenética.

—Clarke, ¡hay que irnos! —exclamó Amelia con urgencia.

—¿Quién me ha descubierto? —inquirí.

El miedo envolvía mi corazón como si fueran garras heladas, apretándolo con fuerza.

—Vete. Ahora.

—Pero. .

—¡Vete! —gritó él, haciendo que diera un respingo.

Retrocedí unos pasos torpemente, pero comprendí que 395

teníamos que salir de allí antes de que nos descubrieran o saldríamos muy perjudicadas. Amelia empujó la doble puerta y la seguí, corriendo tanto como nuestras piernas nos permitían.

La alarma continuaba su aullido constante, emitiendo zumbidos al ritmo de mi corazón. Pasamos junto a un grupo de personas con batas blancas, que nos siguieron con la mirada, perplejos. No tuve tiempo de preguntarme quiénes eran o por qué estaban allí, ya que la prioridad era escapar.

Mientras corríamos, miré por encima del hombro y vislumbré un grupo de guardias uniformados que nos seguían de cerca. Sus rostros decididos y la determinación en sus pasos dejaban claro que no les había gustado mucho nuestra visita.

Ahogamos un grito cuando una bala impactó cerca de nosotras, y después de esa vinieron más. Muchas más. Solo se escuchaban disparos impactando por todas partes. El suelo y las paredes temblaban con cada bala que perforaba.

—¡Nos hubiese venido muy bien ese cuchillo que le has dado a Nils! —exclamó Amelia entre el alboroto, sin dejar de correr.

—¡Ahora no es momento para discutir!

—¡Es que no quería morir sin decírtelo!

—¡No vamos a morir!

Una bala pasó por mi lado a una velocidad tan sorprendente que supe que, de haberme alcanzado la cabeza, me habría perforado el cráneo.

—¡Pues yo no estoy tan segura! —me reprochó.

Una bala retumbó contra una pared cercana y cayó al suelo. Mis pasos se detuvieron instintivamente cuando el brillo que desprendía atrajo mi atención.

—¡¿Qué haces?! —bramó Amelia, deteniéndose también.