392
Después de asegurarnos de que el pasillo estaba desierto, salimos de nuestros escondites y continuamos nuestro camino. Mi mente bullía con preguntas sin respuesta, tratando de entender cómo habíamos pasado de explorar un bosque a encontrarnos en las instalaciones del hospital psiquiátrico.
Mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando nos topamos con una doble puerta, similar a la que había en los hospitales normales y corrientes. La empujamos sin saber lo que nos depararía al otro lado.
Frente a nosotras, se extendió un corredor lleno de puertas metálicas con cerraduras de seguridad reforzadas.
—¿Crees que aquí están ingresados los pacientes más peligrosos? —preguntó Amelia en voz confidencial, observando las puertas selladas.
Podría ser una opción que no descartaba, pero entonces eso signficaría que. .
Oh, Dios.
Con grandes zancadas, me acerqué a la puerta que teníamos más próxima y me puse de puntillas para observar a través de la rendija, cubierta por un cristal que parecía blinda-do. Me impactó ver que no había absolutamente nada en ese cubículo blanco. Ni una cama, ni un armario, ni un maldito retrete. Nada de nada.
A excepción de un chico. Estaba en una esquina, encogido y hecho un ovillo en el frío y duro suelo. Su cuerpo, hecho una bola humana, temblaba sin parar. No pude verle la cara, pero sabía que no era él. Así que pasé a la siguiente habitación.
Esta vez era una chica. Su espalda estaba apoyada en la pared, con la mirada perdida hacia un punto fijo, pero sus ojos no transmitían ningún tipo de vida. Era como si su cuerpo estuviera ahí, pero su mente la hubiese abandonado hace 393
tiempo.
Ignorando las preguntas constantes de Amelia sobre qué estaba haciendo, seguí analizando puerta por puerta. En todas me encontraba con jóvenes que se hallaban en estados de abandono físico y emocional.
Llegué a una de las últimas puertas e hice exactamente lo mismo, mirar por la rendija y esperar a que fuera él quien estuviese al otro lado.
Había un chico sentado en el suelo, con la espalda en la pared y los brazos apoyados encima de sus rodillas. Aunque su cabeza estaba agachada y no pudiese verle su rostro, de alguna forma sabía que era él. Simplemente. . lo sabía.
—Nolan —murmuré.
Mi voz fue apenas un susurro, pero cuando la escuchó, levantó la cabeza lentamente y sus ojos oscuros se clavaron en los míos a través de la rendija. Incluso con esas oscuras ojeras bajo sus ojos se veía atractivo.
Al fin lo había encontrado.
Se puso en pie con dificultad, como si llevara un peso invisible sobre sus hombros. La camisa desgastada se levantó un poco con el movimiento, revelando moratones dispersos en su piel. Mis ojos se abrieron de par en par al notar esas marcas.
—¿Qué te han hecho? —exclamé horrorizada, incapaz de contener la preocupación en mi voz.
Seguía sin entender por qué verlo herido hacía que se en-cendiera una chispa de rabia en mi interior.
—Dile que se vaya —ordenó con voz firme, mirando a la chica que tenía al lado.
Suspiré y me giré hacia ella.
—Amelia, ¿puedes darnos un segundo?