En la línea de fuego 389
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—Enfoca ahí —le pedí, señalando el lugar.

Amelia dirigió la luz de la linterna hacia donde le había indicado. Ambas quedamos boquiabierta cuando vimos que había una puerta oxidada. Parecía como si alguien hubiese construido forzosamente una entrada a través de las paredes de ese desagüe, una puerta que no encajaba en la estructura original.

Las dos entrelazamos miradas antes de acercarnos hacia la puerta. Las bisagras chirriaron cuando la empujamos, revelando un oscuro pasillo más allá de ella.

—¿Crees que han podido ir por aquí? —me preguntó, con el miedo palpable en su voz.

—Solo hay una manera de saberlo.

Cruzamos el umbral de la puerta y empezamos a avanzar por el túnel. Era tan estrecho que apenas cabíamos nosotras dos, las paredes parecían cerrarse en cualquier momento sobre nosotras. El aire dentro del túnel era denso, impregnado de un olor terroso y rancio que se adhería a la piel con cada inhalación. La única fuente de luz que teníamos era la linterna, y ni siquiera lograba iluminar todos los rincones.

Ninguna de las dos tenía reloj, pero estaba convencida de que llevábamos andando por ese angosto pasaje por lo menos treinta minutos.

—Necesito un minuto —resopló Amelia, apoyándose en la fría y húmeda pared.

Yo también necesitaba descansar, hasta todavía podía notar la tensión en mis piernas tras haber corrido tanto la noche anterior. Pero me mantuve en pie esperando a que Amelia recuperara el aliento.

—Nils tenía razón, esto no ha sido una buena idea —se quejó, entre jadeos—. ¿Y si esta mierda se viene abajo? ¿Y si nos encontramos con alguno de esos hombres? Ni siquiera 390

estoy segura de que mis piernas vayan a responder.

Mientras Amelia seguía lamentándose, percibí un movimiento extraño en la linterna que estaba sujetando.

—La luz —murmuré, notando que comenzaba a parpadear débilmente.

Amelia dirigió su mirada hacia la linterna.

—Sí, creo que se le están acabando las pilas.

—No, no es eso.

Desvié la mirada hacia la oscuridad que se extendía más allá.

—Estamos cerca —agregué.

—¿Cómo lo. .? ¡Clarke, espera! ¡Todavía no he descansado lo suficiente!

Amelia se separó de la pared y me siguió torpemente.

Siempre que parpadeaban las luces, me llevaban extrañamente a un lugar. Y estaba convencida de que esta vez no sería una excepción.

Al final del túnel distinguimos por primera vez luz que no provenía de la linterna. Doblamos una esquina y nos topamos con otra puerta de metal. En el umbral se filtraba una luz, revelando un resplandor tenue que escapaba al otro extremo de la puerta. Esta tenía mejor aspecto que la anterior, pero seguía agrietada por la humedad.

Amelia y yo intercambiamos miradas antes de empujarla.

Al cruzarla, vimos paneles en el techo que iluminaban un pasadizo que se me hizo familiar, con conductos de ventilación y cables que se entrelazaban formando una red en el techo.

—¿A dónde estamos? —preguntó Amelia.

—No estoy segura.

Tenía una vaga teoría, pero necesitaba confirmarlo.

El pasadizo que conectaba con la puerta que acabábamos 391

de cruzar era bastante largo y ancho, pero luego se bifurcaba en varios pasadizos más estrechos. Estuvimos un rato andando hasta que oímos voces y retrocedimos para ocultarnos en la pared más cercana.

Asomé la cabeza con cuidado y me quedé helada al reconocer a los uniformes que llevaban esas personas.

—¿Quiénes son? ¿Son las chicas? ¿Las has visto? —me preguntó Amelia en voz baja, quien ni siquiera se atrevía a a-somarse para no ser descubierta.

Negué con la cabeza.

—Yo. .

—¿Tú qué? ¿Qué has visto?

Giré la cabeza lentamente para mirarla a los ojos.

—Amelia, creo que estamos en el hospital psiquiátrico.

Las voces de los guardias se alejaban cada vez más, dándonos un poco de espacio para discutirlo.

—¿Qué?

—He visto a los guardias de seguridad.

—Eso es imposible. ¡Si estábamos en un maldito desagüe!

—Piénsalo. Hemos andado durante media hora más o menos, y eso es justo lo que se tarda de donde estábamos hasta llegar al hospital. Lo más probable es que Nils y Lily también hayan llegado.

—Vale, pero. . ¿Por qué una maldito túnel secreto conecta directamente con el hospital?

—No lo sé —admití—. Pero, si estoy en lo cierto, las chicas han ido a parar al psiquiátrico y. .

—. .están bien —Amelia terminó la frase, fascinada ante la idea.

Asentí con una sonrisa tranquilizadora.